jueves, 29 de enero de 2026

Retazos de historia: Una partida de bautismo, unas fotografías en blanco y negro y un borriquillo.

Entre el silencio polvoriento de los armarios y el peso tranquilo de los objetos heredados, desplegué hoy un mapa de nombres. Mi árbol genealógico, una cartografía íntima de seis generaciones, es sobre todo un bosque de incógnitas. Nombres y fechas sin rostro, ramas que se pierden en la niebla del tiempo. Pero en esa bruma, guardo un faro pequeño y nítido: la copia de una partida de bautismo.


Es el documento más antiguo que poseo con mi sangre. Pertenece a María Antonia Apolonia Camargo Andreu, mi bisabuela, madre de mi abuela Natividad. Un nombre largo y musical que nació en Marinaleda un 9 de febrero de 1878, cuando España todavía celebraba la boda de sus jóvenes reyes, Alfonso y Mercedes. Fue bautizada cuatro días después, el 13, en la parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza por el párroco don Miguel López. Los padrinos, José Fernández y Dolores Chía, dejaron su firma como testigos de un destino. Me detengo en ese apellido, Chía. Es el mismo de mi abuelo materno. ¿Simple casualidad o un hilo invisible que ya se trenzaba, generaciones atrás, en la misma comarca?

El acta es escueta, pero de ella brota un mundo. Sus padres: José Camargo Pérez, de Marinaleda, y Carmen Andreu Ojeda, de Lora de Estepa. Y tras ellos, los abuelos, extendiendo las raíces. Los Camargo, todos de la tierra. Los Andreu, en cambio, traen un eco lejano: Juan Andreu y Antonia Ojeda, naturales de Totana, Murcia.

Y aquí, la partida calla. Pero la memoria oral, esa transmisora frágil y caprichosa, guardó un solo recuerdo de esa bisabuela murciana, Antonia Ojeda. Una estampa mínima: “La abuela de mi bisabuela iba a tomar las aguas al balneario de Alhama de Murcia montada sobre un borrico”.

Esa frase lo ilumina todo. Busco en internet y encuentro una fotografía en blanco y negro del Balneario de Alhama. Un edificio alto y sobrio, de líneas neoclásicas, junto a una iglesia. Al fondo, los restos de un castillo medieval se aferran a un risco. Es la imagen perfecta.


Entonces cierro los ojos y la veo. No a María Antonia Apolonia, sino a su abuela, Antonia. Debía ser mediados del siglo XIX. Una mujer, quizá con achaques o dolencias, subida en un borrico por los caminos polvorientos de la huerta. El viaje sería lento, bajo un sol implacable o una brisa suave, con el rumor del agua termal como premio. ¿Quién la acompañaba? ¿Qué pensaría, atravesando ese paisaje árido rumbo a un lugar de reposo? Ese trayecto habla de una época donde la distancia se medía en horas, donde los remedios estaban en la tierra.

Esa imagen, tan viva y tan perdida, es el único puente que tengo hacia ella. Ignoro por qué la familia Andreu-Ojeda se movió desde Totana hasta la campiña sevillana. ¿Búsqueda de trabajo? ¿Matrimonio? El misterio queda ahí, suspendido.

Hoy, María Antonia Apolonia me mira desde una fotografía que guardo, ya muy anciana, con la sabiduría cansada de quien ha visto cambiar un mundo. Pero su historia no empezó con ella. Empezó, al menos para mí, con una mujer en un burro rumbo a un balneario. Un viaje sencillo que, más de siglo y medio después, se convierte en el símbolo de todo lo que no sé, de todo lo que intuyo y de lo que decide permanecer en el eco de una frase. La partida de bautismo me da las fechas. El borrico hacia Alhama, sin embargo, me da la vida. Y en este oficio de rastrear raíces, es la vida, y no la fecha, lo que anhelamos encontrar.

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Desde hace unos días me persigue esa imagen: mi tatarabuela murciana, Antonia Ojeda, montada en su borrico a mediados del XIX, recorriendo los caminos hacia Alhama. Una curiosidad obstinada me llevó a investigar sobre ese lugar. Y lo descubierto no hace sino añadir capas de significado a aquel viaje, tejiendo nuestra pequeña historia con los hilos de la Historia con mayúscula.


La frase oral adquiere ahora un marco concreto. Antonia no iba a unas termas cualesquiera. Iba a un escenario en su edad de oro. Tras siglos de declive, Alhama renació con la construcción del gran Hotel-Balneario en 1848. Un edificio ecléctico de tres plantas que era un mundo: en sus sótanos, baños públicos para los más pobres; arriba, todo el lujo que la alta sociedad de la época podía desear.

Fue en la segunda mitad del XIX y primeras décadas del XX cuando el balneario conquistó fama nacional, atrayendo a personalidades como Ramón y Cajal. Si mi bisabuela nació en 1878, su abuela Antonia tuvo que visitar Alhama en su apogeo inaugural. Su borrico no se dirigía a unas ruinas, sino al corazón de la modernidad terapéutica de su tiempo.

Esta constatación transforma la imagen. Ya no es solo una mujer con achaques; es alguien que participa, a su manera, en un ritual social y sanitario de moda. Quizá no se alojaba en las habitaciones lujosas, pero quizá sí accedía a los baños o respiraba el ambiente de un lugar vibrante. Su viaje no era solo necesidad, sino también experiencia.

Pero la Historia tenía reservado un giro trágico. En los años treinta, el manantial desapareció. La Guerra Civil lo convirtió en hospital, y tras la contienda, inició una caída que culminó con su demolición en 1972. El edificio blanco y solemne de la fotografía ya no existe.


Y aquí el nudo se aprieta en el pecho. El viaje de Antonia, ese recuerdo tenaz, es hoy un viaje a un lugar fantasma. El balneario que ella conoció en su apogeo fue borrado del mapa. Su borrico avanza ahora hacia un edificio que ya no está, hacia un paisaje que solo vive en fotos antiguas.

Esta es la paradoja melancólica y bella de indagar en nuestras raíces: a veces, iluminar el pasado descubre, al mismo tiempo, una ausencia. Rescatamos a una persona del anonimato solo para ver que el escenario de su vida ha sido arrasado. En ese contraste reside una verdad profunda. El lujo efímero del balneario no pudo sobrevivir a los cambios del mundo; sin embargo, la imagen humilde y persistente de una mujer en un burro, sí.

La grandeza de los hoteles pasa; la tenacidad de los recuerdos familiares, no. Antonia Ojeda no fue Ramón y Cajal, pero su viaje, precisamente por ser cotidiano y anónimo, se ha revelado más resistente que el mármol de los balnearios. Su borrico sigue cabalgando, impertérrito, por los caminos de mi memoria, mientras el edificio que era su destino yace, desde hace medio siglo, convertido en polvo.

Al final, contra todo pronóstico, lo que perdura no es la piedra monumental, sino el eco de los pasos sencillos.

Pedrete Trigos.

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