Recuerdo las clases de don Antonio Carrión como se recuerda una revelación. En plena España de los manuales al uso, su método era una isla de libertad. No había que seguir el dictado al pie de la letra, sino embarcarse en una travesía personal: un cuadernillo donde cada alumno, guiado por su curiosidad, elegía un aspecto a desarrollar del vasto territorio de la historia. Aquel que elegía “Estepa” se encontraba, invariablemente, con un faro y un obstáculo a la vez: el Memorial Ostipense de don Antonio Aguilar y Cano. Y entonces surgía la duda, la misma que muchos arrastramos: ¿hasta qué punto podemos fiarnos de un libro redactado en el siglo XIX por alguien que, en rigor, no era historiador de oficio?
La pregunta, lejos de ser una debilidad, era el núcleo mismo de la lección de don Antonio. Él no nos enseñaba qué pensar, sino cómo pensar sobre las fuentes. Nos empujaba a no ser receptores pasivos, sino investigadores incipientes, obligándonos a confrontar la autoridad del texto con nuestro propio criterio. Aquel ejercicio era, aunque no lo supiéramos entonces, una lección de madurez intelectual y de amor por lo local sin caer en el tópico acrítico.
El monumento de papel: Aguilar y Cano y su "Memorial Ostipense"
Y en ese camino, el Memorial Ostipense (1886-1888) era nuestra piedra Rosetta. Antonio Aguilar y Cano (1848-1913) era, en efecto, registrador de la propiedad, un erudito de formación jurídica y un apasionado de las letras. Pero reducir su figura a “no ser historiador” es no entender el siglo XIX. Fue un compilador monumental, un sabio a la manera antigua, que dedicó su vida a rescatar del olvido documentos, inscripciones y relatos que de otro modo se habrían perdido. Durante su estancia en Estepa, no se limitó a ejercer su profesión; fundó el semanario "El Eco de Estepa" y se sumergió en los archivos locales con la paciencia de un minero. Su obra es, como reza su subtítulo, un “extracto de varios curiosos libros”, un esfuerzo titánico por darle un relato coherente al pasado estepeño desde la antigüedad hasta su tiempo.
Su trabajo le valió el reconocimiento de instituciones como la Real Academia de la Historia y el agradecimiento eterno de Estepa. Hoy, una céntrica calle y el Instituto de Enseñanza Secundaria llevan su nombre, un galardón cívico que consagra su legado en la geografía física y educativa del pueblo. No es un homenaje menor: es la comunidad poniendo en el lugar más visible a quien le devolvió su memoria organizada.
Leer el "Memorial" con los ojos del Siglo XXI: Un manual de instrucciones
Entonces, ¿cómo debemos abordar esta obra fundacional? Con el mismo espíritu crítico que don Antonio Carrión fomentaba. El Memorial no es un libro de texto moderno con notas al pie y revisión por pares; es un testimonio histórico en sí mismo, y como tal, debemos saber interrogarlo.
Esta doble lectura —de agradecimiento y de escepticismo— es la que convierte al Memorial en una herramienta viva. Por eso hubo intentos, como el registrado en 2013, por reeditar esta obra capital, entendiendo que “cada estepeño debe conocer bien sus raíces”. Afortunadamente, el Ayuntamiento de Estepa, ha digitalizado sus manuscritos, poniéndolos a disposición de todos.
El hilo que une la lección, el libro y el legado
Al final, la herencia de don Antonio Carrión y la de don Antonio Aguilar y Cano se encuentran en el mismo cruce: el de la responsabilidad sobre la memoria. El maestro nos enseñó que la historia no es un dogma, sino una conversación con las fuentes. El erudito nos legó el material más valioso para mantener esa conversación sobre nuestro propio terruño.
Pasear hoy por la calle de Antonio Aguilar y Cano o aprender en las aulas del instituto que lo homenajea son actos que cierran un círculo perfecto. Son la prueba de que un pueblo que cuida su memoria, que la cuestiona, que la debate en las aulas y la honra en sus espacios públicos, es un pueblo que se conoce a sí mismo. Y en ese conocimiento, forjado entre la reverencia por el trabajo de los antiguos y la mirada crítica que nos enseñaron nuestros maestros, reside la verdadera fortaleza.
Pedrete Trigos

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