domingo, 15 de marzo de 2026

Peposo: La geografía del afecto


Al lado del taller de Soledad, en la calle Antonio Álvarez, donde el rumor de las máquinas de coser marcaba el compás del oficio, había una puerta que daba a un reino distinto. Era la tienda de Mari Dorado, instalada en el bajo de la misma casa. Sus ventanas, abiertas a la acera, hacían las veces de escaparate, un caleidoscopio de promesas domésticas. Allí había casi de todo: vajillas que destellaban bajo la luz, lámparas con pantallas de cristal, adornos para las estanterías y, por supuesto, juguetes. Era uno de esos establecimientos donde el desorden era un orden perfecto, donde cada objeto esperaba su momento para saltar a una vida nueva. 

Y un día, ese momento llegó para mí. Mi hermana Auxi, saliendo quizás del taller de Soledad con el olor a tela nueva aún pegado a sus dedos, cruzó ese umbral. De entre aquel universo de cosas, eligió a quien sería mi compañero inseparable de infancia. Lo compró y me lo trajo a casa. Así llegó Peposo. 


Peposo era un oso de peluche de color marrón, del tono de la tierra húmeda o del tronco de un árbol. No era grande ni sofisticado, pero tenía la cualidad absoluta de lo necesario. Todavía recuerdo su olor, lo estoy oliendo ahora mismo. Era un olor complejo: una mezcla del tejido de peluche sintético, relleno de goma espuma y quizás, un poco a mí. A mis manos de niño, a las lágrimas secas en su pelo, a los secretos susurrados en su oreja. 

Su tacto también es imborrable. La felpa, áspera y suave a la vez, gastada en los sitios donde más lo abrazaba o arrastraba. Sí, fui ese típico niño con su inseparable oso de peluchePeposo era más que un juguete; era un personaje, un cómplice, una extensión de mí mismo. Lo arrastraba a todas partes. Dormía con él aferrado a mi pecho. Lo sentaba a la mesa. Y recuerdo con una nitidez preciosa los rituales de su limpiezaSentarme delante de la lavadora y esperar, hipnotizado por el vaivén del tambor, a que terminara el ciclo. Luego, la espera paciente frente al tendedero, mirando cómo goteaba bajo el sol, impaciente por que se secara para poder volver a abrazarlo, ya perfumado a limpio y a cielo. 

El final de Peposo fue, como tantos finales de la infancia, un acto administrativo del mundo adulto. Yo ya no era niño y el osito había sido olvidado en el trastero de casa. Se había convertido en una reliquia silenciosa. Así que, en una limpieza general, mi madre y mi hermana decidieron desprenderse de él. 

Prefiero olvidar ese suceso. 

Prefiero, en cambio, quedarme con todo lo anterior. Con la tienda de Mari Dorado, un portal de maravillas al lado del taller donde se cosía el sustento. Con el gesto de mi hermana, uniendo con su compra el mundo del trabajo honrado con el del afecto puro. Con la geografía sensorial de aquel oso: su olor, su tacto, el peso de su cuerpo de trapo contra el mío. 

Peposo desapareció hace años. Pero de una manera absolutamente real, su olor y su tacto me siguen acompañando. Porque la memoria no solo reside en el cerebro; reside en las fosas nasales que reviven un aroma, en las yemas de los dedos que recuerdan una textura. En mi historia personal de Estepa, entre los mandados a las mercerías y el hilo de las costurerías, hay también un pequeño oso marrón comprado en una tienda de la calle Antonio Álvarez. Y aunque su cuerpo se haya perdido, su esencia, terca y dulce, queda aquí, impresa en el relato, como el más íntimo y querido de todos los legados. 

Pedrete Trigos

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