En la geografía del aprendizaje de mi infancia, había un destino común para las niñas cuando dejaban el colegio. No era habitual, en aquel tiempo, que todas fueran al instituto. En su lugar, entraban a la gran academia práctica de la vida: las costurerías. Eran los talleres de moda del pueblo, aunque nadie los llamaba así; eran, simplemente eso, “costurerías”. Allí, bajo la tutela de una maestra, se aprendía el noble, callado y esencial oficio de la aguja. Era un rito de paso, una iniciación en un saber que era sinónimo de trabajo honrado, de creatividad útil y de futuro.
Mis hermanas siguieron ese camino. Mi hermana Paqui estuvo primero con Antonia “la Hochía” y luego con Mari “la Monona”. Sus nombres, ya legendarios para mí, definían reinados de tijeras y dedales. Recuerdo pasar por delante de aquel pequeño taller de Mari en el "Barrio Perdido" (calle Sor Ángela). Era una salita con puerta directa a la calle, un escenario abierto al viandante. Desde la acera, se veía un puñado de muchachas, cabezas gachas, afanándose en silencio concertado alrededor de una gran mesa de camilla. El rumor debía ser el de las máquinas de coser pedaleando, el susurro de la tela al cortarse y el leve chasquido del hilo al tensarse. Para mí, aquello era un misterio: un convento laico donde se veneraba la precisión y la paciencia.
Mi hermana Auxi entró a aprender en el taller de Soledad, en la calle Libertad, aquel espacio se convirtió en una extensión afectiva de la familia. Soledad era menuda y risueña, con una voz aguda que debía cantar sobre las costuras y unos modales exquisitos que convertían el taller en un lugar de orden y amabilidad. Aquella casa de costura era un mundo completo. Lo habitaba un perrito de aguas que creo que se llamaba Cuqui, moviéndose entre los pies de las sillas y los retazos que caían al suelo. Y luego estaba Felipe, el marido de Soledad. En mi memoria de niño, Felipe era una figura colosal: enorme y gordo, una presencia benigna y gigantesca que daba seguridad. Pasado el tiempo, mi hermana Auxi me corrigió con una sonrisa: “Felipe era grueso, pero no alto”. La precisión adulta chocaba con la verdad infantil. Para aquel niño que miraba desde abajo, Felipe era enorme, casi un gigante. Su figura, agrandada por la perspectiva de la infancia, era la columna que sostenía el cielo doméstico de aquel taller lleno de mujeres, hilos y risas.
Pero el taller que realmente habitó mi infancia, el que me vistió literalmente, fue el de mi abuela Nati, en su casa de la calle Cruz. Allí, entre patrones y retales, se confeccionaron algunas de las ropitas que llevé de niño. No eran simples prendas; eran pequeñas obras de arte infantil, impregnadas del cariño del taller. Recuerdo con una claridad que me emociona un par de pantalones de peto. Uno era de un azul intenso y tenía bordados en el peto, con hilos de colores, unos conejitos. El otro era blanco y lucía, con el mismo primor, una hilera de patitos. Los botones, en ambos, tenían forma de flor, el pantalón azul los llevaba blancos y el pantalón blanco los llevaba celestes. Luego hubo otro pantalón corto con peto, de color beige, que tenía bordado a punto de cruz un vaquero montado sobre un caballo, una escena del Lejano Oeste surgiendo en el algodón de Estepa. Para conjuntar, mi madre me hizo un jersey y unos calcetines tejidos con hilo del mismo color beige. Vestir aquello no era solo abrigarse; era llevar puesto el talento minucioso y el amor de ese taller.
Así se forjaba el aprendizaje. No solo se aprendía a hacer una bastilla o a poner una cremallera. Se aprendía la disciplina del silencio concentrado, la ética del trabajo bien hecho (porque una costura torpe se nota), y se tejía, entre mesa camilla y mesa camilla, una red de solidaridad femenina. Las costurerías no eran fábricas; eran escuelas de vida. Y de aquellas escuelas salían, además de modistas, mujeres con un oficio en las manos, capaces de sostener una vida y de vestir, con conejitos y vaqueros bordados, la inocencia de un niño que nunca olvidaría el olor a tela nueva y el rumor de las máquinas de coser cantando en la calle Libertad.
Pedrete Trigos




No hay comentarios:
Publicar un comentario