Por fin me he atrevido.
Llevaba días posponiéndolo, construyendo excusas mentales, desviando el paseo hacia otras direcciones. Pero sabía que tenía que ser ahora. No solo porque ya no podía seguir esquivando la realidad, sino porque el calendario íntimo, ese que no falla, me lo recordaba: cinco años de la muerte de mi gato Gordo. El universo, o lo que sea que gobierne estas sincronías, había señalado esta fecha para el encuentro.
He subido al cerro.
Y lo que he visto no lo voy a olvidar nunca.
La cifra que manejaba —treinta pinos— era un espejismo, un número piadoso para no alarmar. La realidad es una masacre de una escala que no estaba preparado para asimilar. He recorrido las laderas como un zombi, sin dar crédito a lo que mis ojos iban registrando. La ladera de Santa María, aquella por la que me lanzaba rodando de niño con la imprudencia alegre de quien no sabe que el tiempo algún día le cobrará factura, ha sido borrada. Ni un solo árbol en pie. Devastación total.
He llegado a una zona donde han apilado los troncos caídos. Más de cien. Y aún quedan muchísimos tendidos en el suelo, esperando su turno para ser troceados, descuartizados, convertidos en leña o en ausencia. No sé de dónde sacaron aquella cifra inicial. Quizás era solo la primera estimación, un número cualquiera para no alarmar más de lo necesario.
La sensación era vertiginosa. Una ansiedad física, un nudo en el estómago que no era solo pena, sino algo más primitivo: el vértigo de asistir a la mutilación de un paisaje que forma parte de mi propia geografía emocional. Para alguien que se ha criado aquí, que tiene tatuada cada senda en la memoria, esto no es una poda ni una limpieza forestal. Es la pérdida de un ser querido. Alguien de la familia.
Y entonces, en medio de esa visión dantesca, un detalle me ancló a la tierra. En el olivar que hay frente al convento de los frailes, había familias. Ancianos sentados en los merenderos, jóvenes charlando, niños correteando. Pasaban la tarde, como si nada. Como si a unos metros no hubiera un cementerio de gigantes caídos.
La vida sigue.
No hay más remedio.
Y ese fue el segundo golpe, más sutil pero igual de certero. El mundo no se detiene porque tu memoria haya sido arrasada. El pueblo sigue, la gente sale al atardecer, los perros ladran, los niños juegan. Y yo, con mi cámara y mi cuaderno, formo parte de ese paisaje que sigue, aunque me sienta desubicado, aunque camine como un fantasma entre los troncos caídos.
Por eso tengo que seguir subiendo. No lo digo como un propósito heroico, sino como una necesidad. Tengo que ver su nuevo aspecto, su evolución. Tengo que asistir a ese proceso lento y doloroso por el que el cerro se convertirá en otra cosa. No sé cuál será su futuro. No sé si estos suelos, ahora heridos, acogerán nuevas semillas. No sé si habrá voluntad de repoblarlo con las especies adecuadas, con las que debieron estar siempre, con encinas y acebuches, con los árboles que sí saben echar raíces profundas en esta tierra.
Ojalá.
Ojalá lo repueblen y pueda verlo.
Ojalá pueda yo, de alguna manera, formar parte de esa repoblación. Plantar un árbol, cavar un hoyo, echar tierra sobre una raíz. Un gesto pequeño que sea también mi propia siembra de esperanza.
Ojalá.
El pasado viernes se cumplieron cinco años de la muerte de mi Gordo. Por eso supe que tenía que ser ese día y no otro cuando me tenía que enfrentar a lo inevitable. En algún lugar, si es que hay algún lugar para los gatos y los árboles muertos, estará oliendo estos troncos, reconociendo su textura, dando fe de que estuvieron aquí, y como él, formaron parte de mí.
Y yo, desde este lado, prometo volver. Una y otra vez. A ver cómo el cerro, como yo, aprendo a vivir con mis cicatrices.
Pedrete Trigos





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