Termina febrero. No como se cierra un libro, sino como se pliega un mapa después de un viaje accidentado: con las marcas del camino impresas en los dedos, con la certeza de que algunos lugares ya no volverán a ser los mismos.
Este mes ha sido un ejercicio de resistencia silenciosa. Un mes de contrastes afilados donde la pérdida y el hallazgo se han dado la mano sin pudor, donde he aprendido que arraigarse no significa aferrarse a lo inmóvil, sino aceptar que las raíces, como los árboles, también pueden ser arrancadas y, aún así, seguir nutriendo.
Comenzó febrero con una herida abierta en el costado del cerro. Más de treinta pinos caídos. Treinta guardianes de mi infancia derribados por un viento que no silbaba, que gritaba. Recorrí aquel paisaje devastado sintiendo que cada foto era un parte de bajas, una amputación de mi propio mapa sentimental. Y entonces, entre las raíces desnudas y los troncos abatidos, llegó la comprensión incómoda: aquel bosque nunca debió ser. Fue un error bienintencionado de otra época, una reforestación de urgencia que plantó soldados de alquiler en tierra extraña. Los pinos canarios, forasteros en nuestras laderas, crecieron débiles, con raíces superficiales. El temporal solo ejecutó la sentencia que el tiempo ya había escrito.
Duele. Duele mucho. Pero el cerro sigue en pie. Y yo también.
Y entonces, justo cuando la tierra me arrancaba treinta trozos de mí, el calendario litúrgico trajo sus consuelos ancestrales. La Candelaria encendió sus hogueras y, aunque mi casa no tenga espacio para una candela, rescaté de un cajón la vela de mi bautismo —torcida, amarillenta, partida— y la encendí en un acto de memoria lumínica. Un guiño privado a esa luz que, el 25 de diciembre de 1977, me señaló como parte de esta tribu.
San Blas, al día siguiente, me enfrentó a mi incompetencia panadera. Tres intentos de rosca que terminaron en el cubo de la basura. La masa es un ser vivo caprichoso y yo no tengo sus secretos. Pero sí tengo manos para confeccionar, con una cinta de raso de mi taller y una vieja medalla, la cinta protectora. No la llevo por superstición, sino como talismán de pertenencia. Un objeto pequeño que dice: "Aunque no sepa hacer el pan, entiendo su significado. Aunque no rece, honro el hilo que une".
A mitad de mes, el pasado se me apareció de la forma más inesperada. Una estampa olvidada durante décadas en mi pared —un Niño Jesús con cruz, hallazgo adolescente en el suelo de la calle La Puente— resultó ser la imagen oficial del Niño de Mula, venerado a 400 kilómetros de aquí. La casualidad se volvió escalofrío cuando la memoria familiar desplegó sus alas: mis bisabuelos maternos, los Andreu y los Ojeda, eran naturales de Totana, Murcia. A 35 kilómetros de Mula. La estampa no llegó por arte de magia. Viajó en el baúl de aquellos emigrantes, cruzó provincias y generaciones para terminar, literalmente, a los pies de su descendiente. Un puente de papel sepia entre dos orillas de mi sangre.
Y entonces, la vida me puso a prueba con una tentación dorada: un taller en un museo de Madrid sobre el vestuario de Eugenia de Montijo. Dije que sí por reflejo, por el vértigo del honor. Pero luego vino la calma, y con ella la honestidad. No tengo ganas. No de aprender, ni de descubrir, sino de embarcarme en esa maquinaria de presión y expectativas. Reconocerlo no es flojera, es el acto más valiente que podía practicar. He encontrado mi puerto: estos blogs, este diálogo pausado con la curiosidad, esta escritura sin guion ni público que impresionar. Todo cambia, y ese cambio no es derrota, sino evidencia de que estoy vivo.
Febrero también fue tiempo de preguntas incómodas. Me asomé al Carnaval —o a su ausencia— y me pregunté por qué en Estepa las murgas callaron. Por qué aquella advertencia terrible, "te van a sacar en la murga", terminó por enterrar el rito. Tal vez fue el exceso de orden, el miedo al "qué dirán", la preferencia por la paz social de la censura tácita frente al caos liberador de la crítica en verso. El carro naval de Dionisio pasó de largo por nuestras cuestas, y con él se llevó una forma de verdad.
Llegó la Cuaresma, y con ella el recuerdo de aquel joven que, hace dos décadas, pedía carne los viernes para probar los límites de un fraile. Desde la orilla, sin subirme al tren de la fe, comprendí el significado profundo de la ceniza y el ayuno. El polvo que somos, el vacío que crea espacio para lo esencial. Mi madre sí se acordaba de aquella abstinencia; yo he crecido en un mundo donde esa norma ya no es norma. Pero entenderla, aunque no practicarla, es también una forma de herencia.
Y en los últimos días del mes, me sumergí en los mandados de la infancia. Las mercerías con nombres de poema —ancá la Pelaya, ancá Los Pajaritos—, el templo de "La Villa de Madrid" con sus hilos La Giralda bajo el cristal, el santuario de los paños "ancá Alfaro" con sus jamugas castellanas y su probador de celosía. Aquellos recados fueron mi primera escuela de costura, la geografía sagrada donde aprendí que detrás de cada vestido hay una cadena de gestos y lugares, y que los oficios no nacen solo en el taller, sino en el recorrido.
Y el círculo se cerró en el cortijo Gallo, la piedra angular de mi memoria familiar. Allí se crio mi abuela Natividad con sus hermanos. Allí vivió Popá Manuel, aquel "tarambana de pronóstico" que perdió el cortijo por falta de papeles. Allí se hizo una fotografía terrible y bella: mi abuela y sus hermanas de luto, formando un círculo en torno a un niño muerto. Mi primer encuentro con el arte desgarrador de retener lo inasible. Y allí, en esa tierra que ya es de nadie y de todos, se esparcieron las cenizas de la tía Asunción, está enterrado mi gato Gordo, y allí irán las mías cuando llegue el momento.
Por eso, cuando paso cerca de aquellas ruinas, bajo la ventanilla del coche y aspiro muy fuerte. Aspiro el polvo que fueron sus muros, el eco de las risas de aquella "gira" que recuerdo como un sueño de menos de diez años. Una arboleda junto a un arroyo. Tres generaciones bajo el verdor. Un día perfecto y lejano, tan dorado que a veces dudo si fue real o inventado por mi mente romántica.
¿Acaso importa?
Febrero me ha enseñado que la memoria no es un ancla para petrificar el mundo, sino un faro para navegar en la corriente sin perdernos. Los pinos caen, los comercios cierran, las personas se van. Pero el cerro sigue. La estampa pervive. El hilo se tensa de una generación a otra. Y yo, desde mi atalaya de aceptación, sigo escribiendo, documentando, aspirando.
Han sido 28 días de duelo y hallazgo. De raíces arrancadas y brotes nuevos. De entender que pertenecer no es aferrarse a lo que fue, sino habitar lo que es con los ojos abiertos a lo que viene.
La primavera asoma. El ciclo continúa. Y yo, con mi cámara y mi cuaderno, sigo aquí.
En casa.
Pedrete Trigos

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