domingo, 12 de abril de 2026

Pedrete Miniaturas

 

Tengo necesidad de hablar de mi paso por las casas de muñecas y sus miniaturas. Siempre me ha gustado lo pequeño, desde que era niño. Lo pequeño y lo artesano. Y creo que tengo una fijación por las casas y lo antiguo. Saber cómo era la vida de la gente de a pie. No las grandes batallas y los grandes hechos históricos, no. Me gusta lo pequeño, lo íntimo, lo casero. 



Creo que la primera casa de muñecas que vi en vivo fue la de una prima segunda de mi madre, Asunción Machuca. Era una casa de los años 30 o 40. La había hecho su padre, Antonio Machuca, uno de los dueños de la imprente Hermoso de Estepa. ¿En qué año pude ver esa casita? Ni idea, finales de los 80. Pongamos que en 1988. La casa de Asunción todavía existe en la calle Cardenal Espínola, ahora viven unos sobrinos. Espero que la casa de muñecas también exista todavía.  

Mi padre tenía una carpintería en el bajo de nuestra casa en la calle San Juan. Así que con los restos del taller yo construía mis cachivaches para jugar. Recuerdo que tenía unas tablas articuladas que lo mismo servían para construir un fuerte del Oeste, la muralla de un castillo, una rampa para precipitar coches, o casas. Siempre las casas. También hacía mueblecitos y cosas así para los Playmobil. Todo muy tosco e ingenuo. Pero yo quería una casa. Una casa de muñecas de verdad, como aquella de Asunción. Con su fachada, sus escaleras, sus muebles como los de verdad, sus lámparas... en fin, todo lo que tiene una casa real, pero en pequeño.

  


En el verano de 1994 publicaron un suplemento en la revista Nuevo Estilo sobre hobbies a los que dedicar el tiempo libre en vacaciones. Entre todas las sugerencias, estaba una que me llamó la atención, se trataba de construir una casa de muñecas en dos talleres de miniaturas que existían en Madrid, el de Nany Navarro y el de Carmen Infante. Para mí fue una revelación. ¡Artesanas dedicadas a las miniaturas a finales del siglo XX! Yo sabía que durante el siglo XIX las niñas de familias adineradas tenían casas de muñecas y muñecas de porcelana. Pero no podía imaginar que en 1994 ese oficio todavía existiera.  

En diciembre de 1996 se publicó el primer número de la revista Miniaturas. Aquello ya no era un suplemento, no. Aquello era toda una revista dedicada a las casas de muñecas y sus miniaturas. La portada de la revista la ocupaba la fachada de una casa de Nany Navarro, aquella artesana de los cursos de verano. No daba crédito a toda la información que aparecía en aquella revista: artesanos, ferias, tiendas, talleres... El paraíso de las miniaturas.  

En 1997 me decidí a hacer una tienda de comestibles, la hice a escala 1:10. La escala, otra sorpresa. Yo pensaba que para hacer miniaturas bastaba con hacer las cosas en pequeñito, ya está. Sin pensar en escalas, proporciones ni nada más. Pero no, había que hacerlo a escala para que luego todo encajara. Y descubrí que la escala habitual era la 1:12. O sea, dividir entre 12 las medidas de un objeto real, y reproducirlo a ese tamaño. 


 

Por supuesto que la idea de hacer una casa de muñecas seguía estando ahí, nunca se iba del todo. Por momentos me parecía una idea de locos, dónde iba yo con 21 años a hacerme una casa de muñecas. Qué iban a pensar de mí. Pero la idea seguía ahí, persiguiéndome. Así que en 1998 no me lo pensé más y compré los materiales para hacerme por fin la casa de mis sueños. Ahora lo pienso y me parece una osadía por mi parte. Apenas tenía conocimientos para hacer una cosa así, pero aun así me tiré a la piscina.  

El proyecto iba creciendo y creciendo. Al final opté por un mamotreto inmenso de 14 habitaciones. Una casa que, colocada sobre su mesa baja, me superaba en altura. Tenía muchos fallos, demasiados. Pero la había hecho yo.  

Para esa fecha ya existía en Sevilla una tienda dedicada a las casas de muñecas, EntreArte, en el número 21 del Paseo Colón de Sevilla, frente a la Torre del Oro. Recuerdo incluso el número de teléfono 954212211. Un día me subí al autobús y me planté en Sevilla para comprar los materiales que necesitaba. Qué sorpresa me llevé cuando al llegar frente a la tienda la encontré cerrada. Así que me dirigí a la también hoy desaparecida juguetería Cuevas, en la plaza de San Francisco. Esa juguetería tenía una sección de modelismo, así que compré allí lo que encontré y me volví a casa.  



Cuando volví a ahorrar dinero suficiente, volví a Sevilla, pero me aseguré de llamar primero para verificar que la tienda estaría abierta. Así lo hice y allí conocí a Josela, la dueña. Una señora oronda, con el pelo teñido de rojo intenso, unos anillos enormes y una bufanda de colores imposibles que le llegaba al suelo.  

La tienda era un sueño. Cierro los ojos y parece que la estoy viendo. Con el suelo enmoquetado de sisal, la pared pintada de amarillo y naranja, una moldura estucada en azul y un techo de vigas verdes. No tenía mostrador, tenía una mesa de pino encerada y sillas de enea. Te atendían sentado cómodamente. También estaba Luisa, la chica que les ayudaba. Y Francisco, el marido de Josela que trabajaba al fondo en el taller. También había una trastienda, allí se guardaban los tesoros que no se ponían a la venta, pero que Josela, si le caías bien, te los mostraba y dejaba comprar. Los escaparates eran dos ventanas de medio punto que mostraban al exterior parte de los tesoros que guardaba aquella tienda. Y globos colgados del techo. Y unos móviles con forma de sol, luna y estrellas. Era como estar dentro de un sueño o dentro de una de aquellas casitas. 

Les conté el tipo de casa de muñecas que estaba haciendo. Me señalaron los defectos, por supuesto. Yo los asumí, ya no podía hacer otra cosa. La casa estaba muy avanzada y ya no había marcha atrás.  



En aquella tienda no solo se vendían las casas que ellos fabricaban. También vendían materiales comerciales. Y también tenían reservada una vitrina para piezas de artesanos. Entre aquellos artesanos estaba Mari Sol Gómez Montaner. Una artesana que hacía muñecas de porcelana.  

No sé si fue en el 2000 o cuando, Mari Sol impartió un taller de muñecas en Estepa, mi pueblo. Una tarde, después de trabajar me pasé por allí para saludarla. Nos caímos bien. Me enseñó un libro precioso: Casas de Muñecas, de Olivia Bristol y Leslie Geddes-Brown. La casa de muñecas de la portada me pareció una maravilla. Dentro, incluso se podía ver por dentro en un maravilloso desplegable. Tenía las proporciones perfectas. Se lo dije a Mari Sol, si hubiera conocido ese libro antes de hacer mi casa de muñecas, la hubiera hecho así. Busqué ese libro y lo encontré en la librería El Coso de Lucena, me costó 5000 pts.  

Como te dije, todo lo que podía hacer yo mismo para aquella casa de muñecas, lo hacía en la carpintería familiar. Pero lo que no me quedaba más remedio que comprar, lo compraba en EntreArte. Pero claro, no son materiales baratos. Y como me decía Josela: “Tú tienes el morrito muy fino”. Un día les llevé algunos de los muebles que tenía hechos para mi casa de muñecas. Ya estaba consiguiendo mejores resultados. Les gustaron, me indicaron qué detalles debía mejorar y traté de aplicarlos. Me pidieron que hiciera un conjunto de muebles para ponerlo a la venta en la tienda, a ver qué pasaba. Los llevé un sábado. Al jueves siguiente me llamó Josela diciéndome que ya se habían vendido. ¡No me lo podía creer! Mis propias miniaturas en manos de otra persona. Así fue como comencé a vender mis propias miniaturas.  



Luego, en 2002 me compré mi casa, mi propia casa. Ya no se trataba de una casa en miniatura, ahora todo era a tamaño real. Ya no tenía tiempo libre ni presupuesto para hacer miniaturas. Así que durante unos años aquella afición se quedó estancada. La casa de muñecas que hice era tan grande que no cabía en mi nueva casa. Aquella casa estaba hecha a la medida de la casa de mis padres. Una de mis sobrinas se quedó con ella y yo hice otra más pequeña.  

Creo que fue en 2003 cuando se realizó una exposición sobre casas de muñecas en Sevilla, en el paseo del Marqués del Contadero. Cedí algunas de mis piezas para aquella exposición. Tardé en recuperarlas. Lo hice a comienzos del 2004, yo ya estaba viviendo en mi casa. Las miniaturas estuvieron durante bastante tiempo guardadas en una caja. Poco a poco fui terminando aquella casa de muñecas más pequeña que hice.  

Cuando empecé a entrar en internet, lo primero que busqué en google fueron casas de muñecas. Di con un foro sobre casas de muñecas, me registré y empecé a compartir mis trabajos con el resto de los participantes. Casi todo eran mujeres. Cada cual con un grado de maestría o habilidad por así decirlo. Era un lugar agradable donde compartir aquella afición.  



Con el tiempo lamentablemente se convirtió en un lugar tóxico lleno de egos y mala leche reprimida. Amas de casa con tiempo libre para chismorrear más de lo debido. Podría extenderme en este apartado hablando de los desmadres que se produjeron en ese lugar, pero prefiero no hacerlo. 

Un día me cansé y lo dejé. Yo ya tenía mi propio blog donde poder mostrar mis trabajos sin tener que lidiar con semejante caterva de indeseables. También comencé a participar en ferias de miniaturas. Abrí mi propia tienda on-line para vender mis trabajos e incluso me animé a dejar mi trabajo en la carpintería y vivir de las miniaturas. También impartí talleres donde enseñaba a realizar miniaturas.  

He conocido a mucha gente dentro de las miniaturas, personas con las que compartí varios años de mi vida. Sería extenso hablar de todas, así que, para evitar dejarme a nadie en el tintero, no hablaré de nadie en particular. Dicho así, también resulta más diplomático. 



Con el tiempo las ventas bajaron considerablemente y a finales de 2016 lo dejé definitivamente.  

A grandes rasgos, muy a grandes rasgos ese fue mi paso por el maravilloso mundo de las casas de muñecas y sus miniaturas. Hoy me parece un mundo lejano, pero durante varios años de mi vida ocupó un lugar muy importante. Me sirvió para ver que podía ingeniármelas por  mismo, para salir adelante en la vida. Para desarrollarme profesional y artísticamente.  

Hoy, aquella colección de casas de muñecas está en la habitación del fondo, casi olvidada. De vez en cuando abro aquellas casas en miniatura y pienso en limpiarlas, colocar y ordenar su contenido. Pero me da pereza hacerlo, incluso miedo a romper algo. 

Es curioso como algo que en su momento pudo ser tan importante, se termina convirtiendo en una reliquia olvidada en la última habitación de una casa. 

Pedrete Trigos 

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