miércoles, 6 de mayo de 2026

Cuento IV: La habitación de las máscaras

 

(Una visita al taller del Caballero Metabólico)

El escritor tiene una habitación que nunca enseña. No es el despacho, no. El despacho es para los demás: la silla de visitantes, el ordenador encendido, la taza de café que siempre se enfría. Ese es el decorado.




La habitación de verdad está al fondo. No tiene ventanas. O las tiene, pero dan a un patio interior que nunca recibe sol. Allí guarda las máscaras.

No son simples máscaras. Son algo peor y mejor: son cascos vacíos que él mismo ha ido poblando.

El más antiguo está en una estantería baja, apoyado sobre un cojín de terciopelo granate que alguien bordó hace un siglo. Es una monja. Tiene la boca torcida, como si acabara de soltar una pulla y ya estuviera aburrida de esperar la respuesta. El escritor la limpia con un paño cada dos semanas. No por devoción. Por costumbre. La monja no necesita que la limpien. La monja necesita que la dejen en paz, y el escritor lo sabe, pero igual pasa el paño. Es su manera de decir "sigo aquí".

Al lado, colgado de un clavo que no debería sostener tanto peso, hay un bastón. Perteneció al Marqués de Aliaga. El escritor nunca ha visto al Marqués sin él, pero tampoco lo ha visto usarlo para apoyarse. Lo lleva como quien lleva un título nobiliario: por inercia, por dignidad, por no saber qué hacer con las manos cuando el mundo se desmorona. El bastón tiene la empuñadura gastada. El escritor a veces la acaricia cuando piensa que nadie lo mira.



En una caja de zapatos, envuelta en un pañuelo de tela demasiado grande, duerme Antoñita Leicon. No es que duerma. Es que el escritor la tiene así, protegida, porque le da miedo que se rompa. Antoñita es de porcelana, como las muñecas del cuento de María Gracia, pero más pequeña. Más frágil. El escritor la saca los días de lluvia, cuando el silencio de la casa pesa, y la sienta en la mesa mientras trabaja. No le habla. No hace falta. Antoñita entiende que estar ahí, simplemente, ya es un acto de cuidado.

La Poseída no está en ningún sitio fijo.

Aparece. Se materializa en el reflejo del espejo cuando el escritor se lava los dientes por la noche. Se esconde en el interlineado de los párrafos que él tacha y reescribe. A veces se sienta en la silla de visitantes, cruza las piernas, y dice: "¿De verdad crees que esto lo leerá alguien?". El escritor ha aprendido a no responderle. Pero tampoco la echa. Sabe que si la echa, ella se instala en el sótano, y del sótano es más difícil sacarla.

Hay más caras en la habitación, claro. El escritor es mentiroso cuando dice que solo tiene cuatro. Hay un niño con las rodillas llenas de tierra que nunca termina de crecer. Hay un artesano que restaura juguetes y que, según las semanas, se parece a su padre o a lo que él mismo quiso ser. Hay una mujer que colecciona casas de muñecas y que el escritor mató en un cuento, pero ella no se ha enterado todavía, así que sigue paseando por los pasillos.



Pero esas son otras historias.

La verdad de esta habitación, la que el escritor no cuenta ni en sus confesiones más íntimas, es que él no es el dueño. Él es el vigilante. El cuidador. El que entra cada noche a comprobar que las caras sigan en su sitio, que ninguna haya cobrado vida del todo, que ninguna se haya desvanecido.

Porque su mayor miedo no es que lo descubran.

Su mayor miedo es abrir la puerta una mañana y encontrar la habitación vacía.

Entonces sabría que ya no necesita escribir. Y esa paz, piensa, sería peor que cualquier infierno de facturas y demonios burocráticos.

Por eso sigue entrando. Por eso limpia el polvo, endereza los marcos, susurra "hasta mañana" cuando apaga la luz.

Porque poblar el silencio con caras conocidas no es un lujo.

Es un oficio.

Y él, el Caballero Metabólico, ha jurado no abandonar nunca su taller.

El Caballero Metabólico

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