jueves, 7 de mayo de 2026

Los otros Yo del Caballero Metabólico

 


El Caballero Metabólico llevaba tres horas mirando la pantalla en blanco. No era la primera vez. No sería la última. El cursor parpadeaba con esa paciencia insultante que tienen los cursores cuando saben que tú no sabes por dónde empezar.

—No puedo —murmuró—. No puedo escribir esto.

—¿El qué? —preguntó una voz a sus espaldas.

Sor Imprudencia estaba sentada en el alféizar de la ventana, con las piernas colgando y un cuaderno mugriento en las manos. El hábito, como siempre, tenía una arruga de más y un roto mal cosido en la manga.

—El prólogo —dijo el Caballero—. Para los cuentos. Para los que he escrito hoy. Para todos, en realidad. Llevo semanas dándole vueltas a lo que siento cuando escribo. A lo que publico y a lo que no. A los filtros. A las mentiras que me cuento.

—¿Mentiras? —Sor Imprudencia arqueó una ceja—. Tú no mientes. O mientes mal. Como la Sombra.

—No miento, pero me escondo. Pulimento lo que duele. Le pongo azúcar a lo que era sal. Calma a lo que era tormenta. Y cuando comparo lo que publico con lo que escribo en los borradores… hay una distancia enorme. Como si hubiera dos personas escribiendo: una que sufre y otra que consuela. Y la que consuela es la que termina firmando.

—Ah —dijo Sor Imprudencia—. Eso.

Y se quedó callada, mirando la lluvia.


La puerta del taller se abrió con la lentitud de quien no tiene prisa ni ganas de tenerla. El Marqués de Aliaga entró, ajustándose la capa de terciopelo morado. Llevaba el bastón con puño de marfil, aunque hoy, el caballero lo notó, se apoyaba un poco más en él.

—He oído palabras graves —dijo el Marqués, sentándose en la única silla que no estaba cubierta de papeles—. Palabras sobre honestidad y filtros. Sobre el miedo a mostrarse.

—¿Tú también te has enterado? —preguntó el Caballero.

—Nos enteramos de todo. Somos tus caras, ¿recuerdas? Tus máscaras. Tus alter egos. Lo que tú callas, nosotros lo decimos. Lo que tú edulcoras, nosotros lo amargamos. Pero últimamente… últimamente nos tienes abandonados.

—No es abandono. Es autocuidado.

—¿Autocuidado? —la voz llegó desde el suelo. Lady Antoñita estaba sentada junto a la pata de la mesa, con su vestido amarillo y su taza de porcelana. La corona de flores secas brillaba bajo la luz de la lámpara—. El autocuidado no es esconderse. El autocuidado es saber cuándo duele y seguir adelante. Tú, en cambio, te escondes. Tachas. Borras. Nos dejas en el cajón.

—Antoñita…

—Déjame terminar. He traído a Dolorcitas. Y a Joselito también. Porque esto es importante.

La ratita apareció sobre la mesa, ajustándose las gafas doradas. Detrás de ella, el medio murciélago Joselito se posó en el respaldo de la silla con un aleteo torpe.

—He revisado sus estadísticas de publicación —dijo Dolorcitas, abriendo su libreta—. En los últimos cuatro meses, ha escrito veintitrés borradores completos. Ha publicado siete. El resto… están congelados. A medio camino entre el valor y el miedo.

—Eso no es una estadística —dijo el Caballero—. Eso es una acusación.

—Es una constatación —respondió la ratita, sin inmutarse.

Joselito comenzó a cantar en voz baja. Era una canción murciana, de esas que hablan de huertos y de amores perdidos, pero esta vez la letra hablaba de un hombre que guardaba sus palabras en un baúl y se olvidaba de sacarlas.

—No cantes eso —dijo el Caballero—. Me da vergüenza.

—La vergüenza —intervino una cuarta voz— es lo que me mantiene a mí viva.

La Sombra se materializó en el rincón más oscuro. No lo hizo con estrépito, sino con un suspiro cansado, como quien llega a una reunión sabiendo que va a salir trasquilada.

—La vergüenza, el miedo al ridículo, el síndrome del impostor… ese es mi territorio. Y tú —señaló al Caballero— me estás dando tanto trabajo que no doy abasto.

—¿De verdad crees que esto lo leerá alguien? —preguntó la Sombra, haciendo su número habitual—. ¿De verdad crees que importa?

—Cállate —dijeron Sor Imprudencia, el Marqués y Antoñita al unísono.

La Sombra se encogió.

—Solo preguntaba.


El Caballero se levantó de la silla. Fue hasta la ventana y miró la calle vacía. La lluvia había cesado, pero el aire seguía húmedo, como si la noche no terminara de decidirse.

—No sé qué hacer —dijo—. He rescatado este blog. También los otros dos. Son tres entradas a la semana. Tres documentaciones. Tres formas distintas de agotarme. Y en el fondo, me gusta. Disfruto. Pero…

—Pero pesa —dijo el Marqués—. El peso del trabajo. El peso de mostrarse. El peso de no saber si lo que haces vale la pena.

—Eso es —asintió el Caballero—. Soy la contradicción hecha persona. Por un lado, quiero escribir. Por otro, me da miedo. Por un lado, quiero ser honesto. Por otro, me edulcoro. Por un lado…

—Ya —lo interrumpió Sor Imprudencia—. Nos hemos enterado. Eres humano. Como todos. Como nosotros, que también somos humanos aunque no lo parezca. O lo parecemos, aunque no lo seamos. Y ya paro de paradojas que me da dolor de cabeza.

—Entonces, ¿qué hago?

Sor Imprudencia se levantó del alféizar. Se acercó a la mesa, apartó a Dolorcitas con un gesto suave y se sentó en el borde, justo frente a él.

—Mira —dijo—. Nosotros no te pedimos que publiques todo. No te pedimos que te desnudes delante de cualquiera que pase por aquí. Eso no es honestidad, es exhibicionismo. Lo que te pedimos es que no nos mientas. Que si un borrador duele, lo digas. Que si un recuerdo te rompe, lo muestres. No hace falta que lo endulces. No hace falta que lo publiques. Pero no lo guardes en un cajón para siempre.

—¿Para qué escribir, entonces? —preguntó el Caballero.

—Para ordenar tu cabeza —dijo Antoñita, con su voz menuda—. Para entenderte. Para que cuando mires atrás, sepas quién eras y quién eres. Eso es lo que haces en este blog, aunque no te des cuenta.

—Y para que nosotros existamos —añadió el Marqués—. Sin tus palabras, no seríamos nada. Somos tu forma de hablar cuando no puedes hacerlo con tu propia voz.

La Sombra, desde el rincón, levantó la mano.

—Yo también quiero decir algo.

—Dilo —dijo el Caballero.

—Que… que no pasa nada por ser torpe. Ni por tener miedo. Ni por no publicar todo. El problema no es que falles. El problema es que crees que deberías ser perfecto. Y no. No deberías. Eso te lo inventas tú.

—¿Tú dices eso? —preguntó Sor Imprudencia, incrédula.

—A veces —dijo la Sombra, encogiendo su silueta—. Cuando me descuido.

Sor Imprudencia negó con la cabeza, pero sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi invisible, pero era una sonrisa.


El Caballero volvió a sentarse frente al ordenador. El cursor seguía parpadeando, pero ahora no le parecía insultante. Le parecía una invitación.

—¿Qué escribo? —preguntó.

—Escribe la verdad —dijo Sor Imprudencia.

—Escribe con dignidad —dijo el Marqués.

—Escribe con ternura —dijo Antoñita.

—Escribe… —la Sombra dudó—. Escribe, aunque sea mal. Pero escribe.

El Caballero colocó los dedos sobre el teclado.

Y comenzó.


Nota del Caballero Metabólico:

Lo que viene a continuación son cuatro cuentos. Los escribí hoy, o ayer, o hace un rato. Da igual. Los escribí porque mis personajes —mis caras, mis alter egos, mis preguntas con nombre y apellido— decidieron bajar del estante y sentarse a mi lado. Me dijeron cosas que ya sabía, pero que necesitaba oír en voz alta.

Uno habla de una monja que escribe una gacetilla cruel porque no sabe ser honesta de otra manera. Otro habla de un noble en ruinas que aún conserva la elegancia como un bastón. El tercero habla de una muñeca frágil que bebe alcohol en tazas de té y sigue en pie. El cuarto habla de una sombra torpe que quiere ser mala y no le sale.

Todos hablan de mí. Todos hablan de ti, quizá. Todos hablan de eso que llamamos escribir y que no es más que un modo de poblar el silencio con caras conocidas.

Espero que los disfrutes.

O no.

Eso ya no es cosa mía.

Pedrete Trigos

El Caballero Metabólico

Estepa, mayo de 2026

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