El caballero Metabólico encontró el ejemplar debajo de la puerta del taller. No había matasellos, ni remite, ni ninguna de esas cortesías que la gente normal usa para anunciar su presencia. Solo un pliego de papel arrugado, doblado en cuatro, con una mancha de aceite en la esquina —que podía ser de manteca o de vela, según cómo se mirase— y una sola palabra escrita al dorso: «Ábreme».
—Vaya forma de presentarse —murmuró, mientras desdoblaba el papel.
La letra era menuda, inclinada hacia la derecha como quien camina contra el viento, y estaba sembrada de tachaduras que parecían más rabia que corrección.
En la cabecera, alguien había garabateado:
EL CLAVO ARDIENDO
Gacetilla de Sociedad (y de lo otro)
Año I - Número 1 - Precio: la dignidad que te quede
Y debajo, sin más preámbulo:
Bienaventurados los que esperan, porque no recibirán un carajo.
He pensado mucho si debía escribir esto. Unos diez segundos, más o menos. El tiempo justo de comprobar que la comunidad seguía siendo tan imbécil como la dejé ayer. Así que, por si alguien tenía dudas, ahí lo tienen: no ha cambiado nada. Sigan con sus vidas miserables.
Pero no, no voy a hablar de la comunidad. Sería como criticar a las gallinas por cacarear. Es su naturaleza. Lo que me crispa —y créanme, crisparme es mi estado natural, como el agua moja y el fuego quema— es otra cosa. Es el tono. La pose. La manera en que todos parecen haberse puesto de acuerdo para representar una obra de teatro donde cada uno interpreta a la persona que cree que los demás quieren ver.
Ustedes me conocen. No, perdón, no me conocen. A mí no me conoce nadie. Pero si me conocieran, sabrían que detesto las poses. Y las detesto porque las he visto durante cuarenta años metida en un convento donde la santidad era un disfraz más, y la humildad, el mejor de los disfraces porque nadie sospecha de ella.
(Una pausa. Un sorbo a algo que no es té de frambuesas. Continúa.)
Me preguntarán: «Sor Imprudencia, ¿por qué escribe usted esta gacetilla? ¿No tiene suficiente con sus rezos y sus mortificaciones?»
Primero: no rezo. Hace años que no rezo. Rezar es suponer que alguien escucha, y yo he comprobado que el silencio de Dios es la única respuesta que nunca falla. Segundo: mis mortificaciones consisten en aguantar el desayuno del convento, que es una penitencia que ni los monjes del desierto se hubieran atrevido a imponerse. Así que no.
Escribo esta gacetilla porque me apetece. Porque estoy harta. Porque alguien tiene que decirlo. Porque si no lo digo yo —una monja perdularia, sarcástica, con un hábito que ya ha visto días mejores y una paciencia que los mejores días se los llevó el viento—, ¿quién lo va a decir? ¿El Marqués de Aliaga? Ese prefiere callarse y mirar para otro lado con una elegancia que a estas alturas es más cobardía que otra cosa. ¿Lady Antoñita? Pobrecilla, ella cree que el mundo es un cuento de hadas donde los lobos llevan pijama. ¿La Sombra? Por favor. Esa no sabe ni por dónde sale el sol, y cuando quiere hacer algo malo termina haciéndose pupita sola.
Así que soy yo. La que nunca pidió ser la voz de la verdad, pero que ya está harta de escuchar mentiras bienintencionadas.
El Caballero levantó la vista del papel. En la penumbra del taller, alguien había encendido una vela que él no recordaba haber puesto. La llama temblaba como si se estuviera riendo.
—¿Estás leyendo eso? —preguntó una voz a su espalda.
Era Sor Imprudencia, apoyada en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos cosidos a su hábito y una expresión que oscilaba entre la suficiencia y el aburrimiento.
—Me lo has dejado debajo de la puerta —dijo él—. Supongo que querías que lo leyera.
—Quería que alguien lo leyera. Tú has sido el primero porque tienes la mala costumbre de abrir las cosas. El portero lo habría tirado a la basura. Eso habla bien de él, por cierto.
—¿Por qué escribes esto?
—¿Por qué se escribe todo? Porque sí. Porque duele no hacerlo. Porque hay palabras que se pudren dentro si no las sacas. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
El Caballero asintió. Volvió a mirar el pliego.
He leído esta mañana el último panfleto de esos que se autodenominan «influyentes». Uno hablaba de «emprendimiento» y otro de «mindfulness». Y yo me pregunto: ¿desde cuándo la vida se ha convertido en una lista de tareas pendientes? ¿Desde cuándo hay que «trabajar en uno mismo» como si uno fuera un proyecto inmobiliario?
Escúchenme, desgraciados. La vida no es un proyecto. La vida es lo que pasa mientras ustedes se toman selfies para demostrar que están vivos. Estoy harta de las frases bonitas en fondos de puesta de sol. Estoy harta de los «soy afortunado por…». Ustedes no son afortunados. Son imbéciles con conexión a internet. Si realmente quisieran mejorar el mundo, se sentarían en silencio durante una hora a pensar en todas las veces que han sido mezquinos. Pero eso no se puede instagramear.
También he leído esta semana las declaraciones de cierto político. No diré su nombre porque ya se lo han dicho demasiado, y porque mentar a los necios es darles importancia. Pero diré esto: la estupidez no es un don de Dios. La estupidez es una elección. Y él la ha elegido con la misma vehemencia que otros eligen la santidad. La diferencia es que la santidad, al menos, requiere esfuerzo.
Y ya que hablo de políticos: ¿alguien ha visto a los de la oposición? No se rían. No es broma. En serio: ¿alguien los ha visto? Porque yo llevo meses mirando y solo veo sombras chinescas y declaraciones que parecen escritas por un bot con ansiedad. Da igual por quién votes. Todos son lo mismo: marionetas con corbata que bailan al son de quien paga el hilo.
(Aquí el manuscrito presenta una mancha de vino tinto. O de sangre. O de ambas. Es difícil saberlo con certeza.)
En el convento, mientras tanto, siguen igual. La madre Superiora cree que el silencio es una virtud. Y lo es, claro. Pero el silencio impuesto no es virtud, es miedo. Y yo llevo treinta años viendo monjas que no hablan porque tienen miedo de lo que podrían decir si abrieran la boca. Eso no es vida religiosa. Es una cárcel con incienso.
Ayer sor Escolástica me dijo que mi hábito estaba sucio. Le respondí que mi hábito se parece a mi alma: lleno de remiendos, pero todavía en pie. Se quedó tan callada que pensé que se había tragado la lengua. Luego supe que fue a quejarse a la Superiora. La Superiora me llamó a su despacho y me dijo que «debía dar testimonio». Le pregunté: «¿Testimonio de qué? ¿De su paciencia conmigo? Porque eso sí que sería un milagro».
Me penitenció con tres padrenuestros y una semana sin postre. Como si yo comiera postre. Como si me importara. Me importa más el vino de la misa que no me dejan probar, y eso que soy alérgica a los sulfitos.
El caballero no pudo reprimir una sonrisa.
—Te divierte, ¿verdad? —dijo Sor Imprudencia, que había avanzado hasta la mesa sin que él la oyera.
—Un poco.
—Pues no debería. Esto es serio.
—¿Serio? Dices que la madre superiora te quitó el postre.
—El postre era una manzana podrida que ella misma había guardado para que nos la comiéramos como mortificación. ¿Entiendes ahora la metáfora? La podredumbre no es el castigo. La podredumbre es el menú. Y ella cree que nos hace un favor al servirla.
El caballero guardó silencio. Sor Imprudencia se sentó en el borde de la mesa, junto a la vela, y por un instante su rostro se suavizó. Fue solo un instante. Luego volvió la máscara de acidez.
—Sigue leyendo —dijo—. Falta lo mejor.
Y ahora, queridos lectores de El Clavo Ardiendo (todos ustedes, los tres o cuatro que habéis tropezado con este papel y habéis tenido la paciencia de llegar hasta aquí), quiero deciros una cosa. Una cosa que nadie se atreve a deciros, ni vuestras madres, ni vuestros psicólogos, ni esos gurús de medio pelo que os venden felicidad en frascos pequeños.
No hay nada malo en estar triste.
No hay nada malo en fracasar.
No hay nada malo en querer mandarlo todo a la mierda y meterse en la cama tres días seguidos.
Lo malo es fingir que no. Lo malo es ponerse esa máscara de «todo va bien» mientras por dentro se pudre la esperanza. Yo llevo cuarenta años viendo máscaras. Las he visto en el coro, en el confesonario, en la Sala Capitular. Las he visto en los funerales de monjas que se pasaron la vida sonriendo para que nadie notara que estaban solas.
Pues yo no sonrío. No he sonreído en décadas. Y si sonrío, desconfíen, porque probablemente esté a punto de decir algo cruel.
Así que eso es todo. Este es mi primer número de El Clavo Ardiendo. No sé si habrá un segundo. Depende de si me echan del convento o no. Y si me echan, mejor. Así podré escribir sin que nadie me diga que escandalizo.
Si les ha gustado, bien. Si no, también. Yo no escribo para gustar. Escribo para no explotar.
Y con esto me despido. Que les zurzan.
Sor Imprudencia de los Infames Escándalos (que no es mi nombre, pero vive Dios que podría serlo)
El caballero dobló el papel con cuidado. Por un momento, el taller se llenó de un silencio denso, de esos que pesan y alivian a la vez.
—¿Y bien? —preguntó Sor Imprudencia.
—Tienes estilo.
—Qué remedio.
—Y tienes razón. En casi todo.
—Ya lo sé. Decírmelo no cuesta nada, pero agradezco que lo hagas.
—¿Por qué me lo has dado a mí?
Ella se levantó de la mesa. Se ajustó el hábito con ese gesto suyo que no era coquetería sino pura supervivencia, como quien se pone una armadura vieja porque es lo único que tiene.
—Porque tú me entiendes. O finges entenderme, que a estas alturas es casi lo mismo. Los demás… el Marqués se aparta, Antoñita se esconde, la Sombra conspira. Tú no. Tú te quedas. Lees. Asientes. A veces me dices que estoy equivocada. Y lo agradezco, aunque finja que no.
—¿Estás enfadada?
—Siempre lo estoy. Es mi estado natural, ya te lo dije.
—No. Quiero decir… ¿estás enfadada conmigo?
Sor Imprudencia lo miró. Durante un segundo, solo uno, sus ojos dejaron de ser dos brasas y se convirtieron en algo más vulnerable. Luego parpadeó, y la brasa volvió.
—No. Contigo no. Tú solo eres el que escribe. Yo soy la que vive. Y vivir, ya sabes, es más difícil.
Se giró hacia la puerta. Antes de salir, dejó caer una última frase, casi sin voz:
—El próximo número irá sobre los estornudos. Porque todo el mundo estornuda mal. Nadie sabe estornudar con dignidad. Y eso me crispa.
La puerta se cerró con un chirrido que sonó a despedida.
El caballero se quedó solo frente a la vela, el papel arrugado y la mancha de aceite. Argos, el gato, ronroneaba en su regazo con una indiferencia olímpica.
—Vamos —dijo el caballero al gato—. Ella tiene razón. Todo el mundo estornuda mal.
Argos ni siquiera abrió los ojos.
Fin (por ahora)
Nota del Caballero Metabólico: Sor Imprudencia me ha prometido que el próximo número incluirá una crítica a la forma en que la gente aplaude. "Aplauden como si tuvieran monos en las manos", ha dicho. Me ha pedido que lo transcriba literalmente. Lo hago. Por si acaso.
El Caballero Metabólico

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