miércoles, 24 de junio de 2026

La huella del Bautista: memoria de una ermita perdida en La Coracha

 Caminar por La Coracha es, para mí, un ejercicio de arqueología sentimental.

No es un paseo cualquiera. Cada paso por sus cuestas no solo mide una distancia física, sino que se hunde en capas de tiempo y olvido. Como si el suelo guardara la memoria de los pies que lo pisaron antes que los míos.

Hoy, mientras recorro la calle que aún lleva su nombre —mi calle, la de mi nacimiento—, mi pensamiento se detiene en un vacío concreto. En la sombra de lo que fue. La ermita de San Juan Bautista.



Ya no está. Hace mucho que se fue. Pero su historia —recogida en la memoria local y en pequeños rincones de internet como el blog Devociones de Estepa— es la de un latido religioso que se apagó. Dejando apenas un eco en el callejero y unos pocos objetos dispersos, como restos de un naufragio.

¿Dónde estaba exactamente?

Algunos la sitúan al final de la calle Ancha. Otros, en esa plazoleta que hoy sirve de respiro en el barrio, donde ahora juegan los niños o se reúnen los vecinos. Allí, donde hoy hay sol y risas, se alzó un día un humilde edificio. Pequeño, pero firme. Dedicado al Precursor.

Su fundación se enreda en dos versiones. Como suele ocurrir con las cosas viejas.

Una apunta a la Orden de Santiago. No es descabellado: algunos apoyaban esa teoría en la presencia de una cruz en forma de espada en el interior de la ermita. La otra —la que más me gusta, la que elijo creer— habla de una mujer. Juana García de Almagro. En 1564, esta señora no solo edificó y adornó la ermita, sino que la dotó con cuarenta y ocho fanegas de tierra. Estableció una capellanía para que se dijera misa todos los días festivos.

Me gusta pensar en esa versión. En la piedad concreta y femenina que puso los cimientos de una devoción barrial. En las manos de Juana, que quizás nunca imaginó que, casi quinientos años después, alguien seguiría nombrando su generosidad.

El siglo XVIII trajo un momento de esplendor artístico. Alguien con dinero y buen gusto decidió que aquella ermita humilde merecía una imagen a la altura. Se encargó al afamado escultor vallisoletano Luis Salvador Carmona, un artista de la corte. Eso nos habla de la importancia que entonces debió tener este rincón de La Coracha.

Imagino aquella talla de San Juan. Imponente. Llena de fe y de belleza. Presidiendo el pequeño templo como un rey en su casa.

Pero el destino de la ermita estaba marcado por la decadencia. Llegó tarde o temprano, como le llega a todo. En 1833, ya enferma de abandono, se renovaron sus tejados en un último esfuerzo. Fue inútil. Los muros, carcomidos por el tiempo, cedieron.

Uno de los lienzos se derrumbó. Cayó sobre la misma imagen del santo.

Milagrosamente —y aquí me emociono cada vez que lo recuerdo— solo sufrió la fractura de una oreja del cordero que la acompañaba.

Ese detalle me parece tan minúsculo y humano. En medio del derrumbe, del polvo, de los escombros, solo se rompió la oreja de un corderito de madera. Como si el destino, en su furia, hubiera tenido un gesto de piedad.

Tras el accidente, la imagen y los enseres fueron trasladados a la iglesia de San Sebastián. Allí reside aún hoy el San Juan de Carmona. Lejos de su barrio. Lejos de La Coracha. Como un exiliado que nunca pidió marcharse.

La ermita, vacía y herida, se abandonó a su suerte. Se fue desmoronando piedra a piedra. A finales del siglo XIX, según confirmaron los cronistas de la época, ya solo quedaba un solar con algunos jirones de muro.

De todo aquello, ¿qué perdura?

Quedan, como reliquias de un naufragio, unos pocos tesoros dispersos. La imagen, a salvo en San Sebastián. Un cáliz con la cruz de Malta, el emblema de la Orden de San Juan de Jerusalén. Esa orden, fundada en el siglo XI para atender a peregrinos en Tierra Santa, tenía como patrón a San Juan Bautista. La presencia de ese cáliz en la ermita estepeña es un testigo silencioso de aquella antigua vinculación espiritual. Quizás también un guiño a la teoría de los orígenes santiaguistas.

También sobrevive el recuerdo de un lienzo conocido como el Cristo de la Yedra. Tras un periplo, terminó en la actual Capilla de la Soledad. Aunque hoy, para ser honestos, también está desaparecido.

Así que cuando paso por la calle San Juan —mi calle— no veo solo asfalto y fachadas encaladas.

Veo el fantasma de una ermita. Un lugar que fue centro de vida. Dotado por la generosidad de una mujer. Ennoblecido por el arte de un maestro. Vencido, al final, por el peso de los años.

Su rastro es hoy una calle con nombre. Un cáliz guardado en algún lugar. Una talla exiliada en San Sebastián. Y una historia que, como esta, intenta rescatar del polvo la memoria de un latido perdido en el corazón de La Coracha.

Es la prueba de que los barrios no solo se hacen de casas y calles. También se hacen de los vacíos que dejan las ausencias. De los espacios donde una comunidad rezó, se reunió y, después, guardó luto por lo que el tiempo se llevó.

Pero mientras haya alguien que recuerde, mientras haya alguien que pase por la calle San Juan y mire hacia arriba como buscando una torre que ya no está, la ermita seguirá en pie.

Aunque solo sea en las palabras.

Y hoy, 24 de junio, día de San Juan Bautista, las palabras son más necesarias que nunca.


Pedrete Trigos 

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