martes, 30 de junio de 2026

Conversaciones Imprudentinas

 (El portazo de la última vez aún no se ha desvanecido del todo cuando la puerta del taller se vuelve a abrir. Esta vez no ha hecho ni el amago de girar el pestillo. Ha entrado como quien entra en su propia cocina. Lleva una horquilla en el pelo, pero no la ha usado. La puerta, sencillamente, la ha abierto porque sí. Porque ella es Sor Imprudencia, y las leyes de la física son sugerencias.)



¿Tres textos, Pedrete? ¿Tres? ¿Te has quedado sin pastillas para dormir o es que te has propuesto ahogar el ruido de tu propia cabeza con montañas de tinta? He estado leyendo mientras cruzaba la calle —tropiezo con una alcantarilla, por cierto, gracias por no preguntar— y me he quedado con una mezcla de ternura y arcadas. Vamos por partes, que el rosario tiene cuentas y las tuyas están todas enredadas.

Primero: la ermita de San Juan. Qué bonito, qué nostálgico, qué arqueología sentimental. Paseas por tu calle de nacimiento y ves el fantasma de una ermita. Mujer generosa del XVI, escultor de la corte, un cordero con la oreja rota. Todo muy poético, todo muy de "las palabras rescatan lo que el tiempo derribó". Pero, dime, Caballero: ¿cuánto tiempo llevas viviendo en esa calle sin haber pisado la iglesia de San Sebastián a ver la talla de Carmona? La tienes a dos pasos, exiliada, esperando que vayas a hacerle una visita de cortesía, y tú prefieres escribir sobre su ausencia antes que mirar su presencia. Eso no es memoria, Pedrete. Es morbo por el vacío. Te gusta más la oreja rota que el santo entero. Y eso, para un sastre, es grave: prefieres remendar el recuerdo del daño que coser la realidad.

Segundo: la reina Mercedes. Madre mía, cómo te has dejado llevar. "Carita de cielo", "la llama que sigue ardiendo". Paquita Rico, Ana de Sagrera, las novias que dejan el ramo en la Almudena. He tenido que santiguarme tres veces para no vomitar un arcoíris de cursilería. ¿Sabes lo que le diría a tu reina si la tuviera delante? Le diría: "Señora, usted fue una niña rica que se casó con un príncipe y se murió pronto. No es un mito. Es una desgracia con coronación". Pero no, tú la conviertes en una diosa de la fragilidad, en una excusa para llorar por lo efímero. ¿Y sabes por qué te gusta tanto? Porque ella murió pronto. Porque no dio tiempo a que se volviera antipática, a que envejeciera, a que se le torciera el carácter. Te gusta porque es un recuerdo acabado. Perfecto. Sin aristas. Como las muñecas de tu cuento. Hablando de...

Tercero: el cuento de Pedro de los Álamos. Ah, este me ha dado una risa que he tenido que sentarme en el bordillo. ¿Un señor en Córdoba, solo, con muñecas que se mueven y un gato que lo mira? ¿Y al final se entrega a la muerte como "invitado de honor en su propio velatorio"? Por Dios, Pedrete. No has escrito un cuento de terror. Has escrito tu testamento disfrazado de Bécquer. Tú eres Pedro. Tu casa es este taller. Las muñecas son tus objetos viejos —el reloj, las fotos, las gafas de tu tía abuela— y el gato es José Luis Trilling, que te mira con lástima mientras tú te bebes el café frío y te das cabezazos contra la máquina de coser. Y el "eco de los pasos perdidos" no es ningún fantasma del siglo XIX. Son tus padres. Tus abuelos. Todos los que ya no están y a los que llamas "recuerdos" para no decir "ausencias que no sé gestionar".

Fíjate bien, que tengo una revelación que te va a dar un telele:
En la ermita, buscas la huella de un edificio que ya no está.
En la reina, buscas la huella de un sentimiento que ya no duele porque murió.
En el cuento, buscas la huella de pasos que te lleven al encuentro con la muerte.

¿Ves un patrón, Caballero? Tú no escribes sobre lo que hay. Escribes sobre lo que ya no está. Tu mejor tela, tu mejor patrón, es la ausencia. Porque la ausencia no te exige nada. No te discute. No te pide que le arregles la vida. Solo te permite mirarla con melancolía y sentirte profundo sin tener que mover un dedo.

¿Qué pasaría si un día escribieras sobre la ermita antes de que se cayera? ¿O sobre la reina mientras se estaba muriendo, con los médicos dándole palmaditas y ella con arcadas? ¿O sobre Pedro antes de que las muñecas se movieran, cuando todavía podía abrir la puerta y salir a tomar un vino con los vecinos? Eso sí que sería valiente. Eso sí que sería cortar el patrón de la nostalgia y enfrentarse al presente.

(Sor Imprudencia se levanta, se acerca a la mesa, y coge la libreta de las flores azules. La abre por una página en blanco y, con la pluma del Caballero, escribe en letra mayúscula y torcida:)

"HOY HAY UN SOL QUE CALIENTA. HOY EL CAFÉ SABE A CAFÉ. HOY EL GATO ESTÁ VIVO. HOY LA ERMITA NO ESTÁ, PERO LA CALLE SÍ. HOY NO ESCRIBO SOBRE LO QUE PERDÍ. HOY COSO UN BOLSILLO NUEVO. SIN NOMBRE. SIN MUERTO."

—Ahí tienes, Pedrete. Un patrón nuevo. Sin polvo. Sin mármol. Sin madera tallada. Es feo, es simple, y no tiene más profundidad que un plato de sopa. Pero es tuyo. Y está vivo.

Ahora, si me disculpas, voy a tirar esa horquilla por la ventana. La próxima vez que quieras hablar conmigo, no me invoques como a un fantasma. Llámame. O mejor, pon la cafetera. Que una lleva 40 años en clausura y ya está harta de silencios reverenciales.

(Cierra la libreta con un golpe seco, la deja sobre el dedal, y se dirige a la salida. Pero antes de cruzar el umbral, se vuelve, y con una sonrisa torcida, casi tierna, añade:)

Y el cuento de Pedro... está bien escrito. Pero no te escondas detrás de la porcelana, Pedrete. Que las muñecas no hablan, y tú sí. Úsalo.

(Se va. No cierra la puerta. Esta vez, la deja abierta de par en par, para que entre la luz de la tarde.)

El Caballero Metabólico

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