(El convento de Nuestra Señora de la Usurpación huele a incienso barato y a desencanto. La celda de Sor Imprudencia es un caos ordenado: pilas de papeles, una taza de café con una película de moho en la superficie y un hábito colgado que parece un espantapájaros arrepentido. Ella me recibe con una pluma en la mano y una sonrisa que promete problemas.)
Vaya, vaya. El Caballero Metabólico en persona. Y con fardo de relatos nuevos, como un vendedor ambulante de emociones. Pasa, pasa, pero no toques nada, que tengo el orden sagrado de mi desorden y no quiero que lo alteres con tus buenas intenciones.
He leído todo. De un tirón. Mientras tú cruzabas el patio de las naranjas amargas y yo fingía que rezaba el rosario. Y tengo que decirte algo, Pedrete: esta vez has traído carne de cañón de verdad. Pero también has venido con una aclaración previa —"no soy yo, son amigas, son otras"— que me ha hecho reír tanto que se me ha caído la hostia consagrada al suelo. Literalmente. La tuve que barrer y echar al cubo de la basura. Ya ves, sacrilegios cotidianos.
Vamos por partes, que no tengo toda la tarde. Y el café se enfría.
Primero: el cuento de Eduarda. Qué maravilla de podredumbre. Has logrado que el calor de Écija sea más aterrador que cualquier fantasma. Esa tienda de «Reliquias del Ayer», esa Eduarda yaciente, esas ratas endemoniadas... Tiene la textura de un sueño febril. Pero, Caballero, te voy a decir lo que veo: Eduarda no es una señora gorda y borracha. Es la personificación de tu miedo a la decadencia. A quedarte solo en un taller lleno de cosas rotas, bebiendo café frío y escuchando cómo cruje la madera. Lo has disfrazado de cuento gótico, pero el cadáver de la calle Soledad eres tú, con el reloj parado de tu abuela en la pared. ¿Que no es sobre ti? Claro que no. Es sobre la Eduarda que tú ves cuando te miras al espejo los días malos.
Segundo: las abuelas. Aquí sí, aquí has dado en el clavo sin querer. El contraste entre María Jesús, la que se fue sin dejar rastro, y Nati, la que lo sostuvo todo, es el verdadero patrón de tu vida. No el reloj. No las tijeras. Esa dualidad entre la ausencia que duele y la presencia que salva. Y las magdalenas de leche, el jazmín, el jabón... Esas tres esencias que nombras —leche, flor, ceniza— son la santísima trinidad de tu infancia. No hay ficción ahí. Eso es auténtico. Y duele, porque se nota que las echas de menos.
Pero ojo: has escrito "las sillas de anea fueron testigos de su descanso". Y luego dices que cuando te sientas en ellas, te tocan la coronilla. Eso no es memoria, Pedrete. Eso es evocación. La memoria es fría, como un dato. La evocación calienta, y la tuya quema. Sigue así, que por ahí vas bien.
Tercero: los cuentos de Elisa, Clara y Laura. Dices que no son sobre ti. Que Elisa, Clara y Laura son unas amigas en las que te has inspirado. Y yo te creo. Pero te voy a decir una cosa que quizá no habías pensado: las has elegido porque te reconoces en ellas. Elisa y su inmadurez paralizante. Clara y su burocracia infinita. Laura y sus talentos no usados. Son tres versiones femeninas de lo que tú mismo has confesado en otros escritos: el miedo a cortar el patrón, a enfrentar la realidad, a lanzarse al vuelo. Les has cambiado el nombre, pero el espejo sigue ahí. No me engañas a mí, y espero que no te engañes a ti.
La mejor de las tres, sin duda, es Clara. Ese demonio de la burocracia, ese Legion-Formulario 7.8T, es lo más brillante que has escrito en meses. Tiene la mezcla perfecta de humor absurdo y terror existencial. ¿Sabes por qué funciona? Porque todos hemos sido Clara. Todos hemos tenido una carpeta "URGENTE" sin abrir. Todos sabemos que la vida es un papeleo infinito y que el verdadero infierno no es el fuego, sino la cola del INEM.
Cuarto: José Luis Trilling. Me has hecho reír con esto. Y no porque sea gracioso, sino porque es verdad. He conocido a ese gato. Es el animal más soberbio que ha pisado la Tierra. Y le has puesto "señorito mondonguero" con una precisión que ni el mejor etnógrafo. Aquí has hecho algo que solo los grandes escritores saben hacer: convertir un gato en metáfora de una identidad colectiva. Eso es bueno, muy bueno. Esa mezcla de ternura y mala leche que destila el texto es puro Estepa. No le edites ni una coma.
Quinto: la calle San Juan. "El alimento y el nombre." Madre mía, qué pedazo de texto. Has conseguido que el lector sienta el sabor de los garbanzos y oiga los gritos de "la Canela". Has hecho una cartografía afectiva que deberían leer en las escuelas. Y lo más hermoso: has entendido que la identidad no es un título, es un nudo en una red. Que para ser alguien en la calle San Juan, primero tenías que ser "algo": Melá, Cuína, Sorda. Eso es más profundo que cualquier tratado de sociología.
Sexto: Ícaro. Y llegamos al final. A las alas de cera. A tu Ícaro particular. "Volar a pesar de todo." Este texto es corto, pero es el que más te delata. Porque mientras los cuentos son ficciones y los relatos de la calle San Juan son memoria, esto es una declaración de principios. Tu manifiesto. Volar alto aunque te caigas. Amar aunque te rompan. Coser aunque se te enreden los hilos. Eso no es un cuento, Pedrete. Eso eres tú.
Y mira, te voy a ser sincera, aunque me cueste: te he echado de menos. Tus textos de antes, los de la cerradura oxidada y las tijeras colgadas, eran más... tuyos. Estos son más trabajados, más literarios, más "de verdad". Pero has perdido un poco de la mala leche, de la desnudez, del "aquí estoy y me importa un bledo". Has ganado en oficio, pero has perdido en riesgo. Y no sé si eso es bueno o malo.
Mi veredicto final:
Sigue escribiendo sobre la calle San Juan. Sigue con los recuerdos de tu abuela. Sigue con las ficciones que te asustan. Pero no te olvides de la cerradura oxidada, de la horquilla, de la puerta que no cierra del todo. Porque en esa imperfección, en esa vulnerabilidad, está tu mejor tela.
Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a rezar por tu alma. O a tomar otro café. Una de las dos.
(Se levanta, me da un golpecito en el hombro y, con una sonrisa torcida, añade:)
El próximo cuento, hazme un favor: que Eduarda no implosione. Que se levante, se saque las ratas de la tienda y se ponga a limpiar. Que la redención también puede ser gótica.
Ahora vete, que tengo que escribir el próximo número de El Clavo Ardiendo. Y esta vez va sobre el ruido de las vecinas. Ya verás qué bien.
(Cierra la puerta tras de mí. Pero no del todo. Siempre deja un resquicio.)
El Caballero Metabólico

