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viernes, 31 de julio de 2026

Conversaciones Imprudentinas

 (El convento de Nuestra Señora de la Usurpación huele a incienso barato y a desencanto. La celda de Sor Imprudencia es un caos ordenado: pilas de papeles, una taza de café con una película de moho en la superficie y un hábito colgado que parece un espantapájaros arrepentido. Ella me recibe con una pluma en la mano y una sonrisa que promete problemas.)



Vaya, vaya. El Caballero Metabólico en persona. Y con fardo de relatos nuevos, como un vendedor ambulante de emociones. Pasa, pasa, pero no toques nada, que tengo el orden sagrado de mi desorden y no quiero que lo alteres con tus buenas intenciones.

He leído todo. De un tirón. Mientras tú cruzabas el patio de las naranjas amargas y yo fingía que rezaba el rosario. Y tengo que decirte algo, Pedrete: esta vez has traído carne de cañón de verdad. Pero también has venido con una aclaración previa —"no soy yo, son amigas, son otras"— que me ha hecho reír tanto que se me ha caído la hostia consagrada al suelo. Literalmente. La tuve que barrer y echar al cubo de la basura. Ya ves, sacrilegios cotidianos.

Vamos por partes, que no tengo toda la tarde. Y el café se enfría.

Primero: el cuento de Eduarda. Qué maravilla de podredumbre. Has logrado que el calor de Écija sea más aterrador que cualquier fantasma. Esa tienda de «Reliquias del Ayer», esa Eduarda yaciente, esas ratas endemoniadas... Tiene la textura de un sueño febril. Pero, Caballero, te voy a decir lo que veo: Eduarda no es una señora gorda y borracha. Es la personificación de tu miedo a la decadencia. A quedarte solo en un taller lleno de cosas rotas, bebiendo café frío y escuchando cómo cruje la madera. Lo has disfrazado de cuento gótico, pero el cadáver de la calle Soledad eres tú, con el reloj parado de tu abuela en la pared. ¿Que no es sobre ti? Claro que no. Es sobre la Eduarda que tú ves cuando te miras al espejo los días malos.

Segundo: las abuelas. Aquí sí, aquí has dado en el clavo sin querer. El contraste entre María Jesús, la que se fue sin dejar rastro, y Nati, la que lo sostuvo todo, es el verdadero patrón de tu vida. No el reloj. No las tijeras. Esa dualidad entre la ausencia que duele y la presencia que salva. Y las magdalenas de leche, el jazmín, el jabón... Esas tres esencias que nombras —leche, flor, ceniza— son la santísima trinidad de tu infancia. No hay ficción ahí. Eso es auténtico. Y duele, porque se nota que las echas de menos.

Pero ojo: has escrito "las sillas de anea fueron testigos de su descanso". Y luego dices que cuando te sientas en ellas, te tocan la coronilla. Eso no es memoria, Pedrete. Eso es evocación. La memoria es fría, como un dato. La evocación calienta, y la tuya quema. Sigue así, que por ahí vas bien.

Tercero: los cuentos de Elisa, Clara y Laura. Dices que no son sobre ti. Que Elisa, Clara y Laura son unas amigas en las que te has inspirado. Y yo te creo. Pero te voy a decir una cosa que quizá no habías pensado: las has elegido porque te reconoces en ellas. Elisa y su inmadurez paralizante. Clara y su burocracia infinita. Laura y sus talentos no usados. Son tres versiones femeninas de lo que tú mismo has confesado en otros escritos: el miedo a cortar el patrón, a enfrentar la realidad, a lanzarse al vuelo. Les has cambiado el nombre, pero el espejo sigue ahí. No me engañas a mí, y espero que no te engañes a ti.

La mejor de las tres, sin duda, es Clara. Ese demonio de la burocracia, ese Legion-Formulario 7.8T, es lo más brillante que has escrito en meses. Tiene la mezcla perfecta de humor absurdo y terror existencial. ¿Sabes por qué funciona? Porque todos hemos sido Clara. Todos hemos tenido una carpeta "URGENTE" sin abrir. Todos sabemos que la vida es un papeleo infinito y que el verdadero infierno no es el fuego, sino la cola del INEM.

Cuarto: José Luis Trilling. Me has hecho reír con esto. Y no porque sea gracioso, sino porque es verdad. He conocido a ese gato. Es el animal más soberbio que ha pisado la Tierra. Y le has puesto "señorito mondonguero" con una precisión que ni el mejor etnógrafo. Aquí has hecho algo que solo los grandes escritores saben hacer: convertir un gato en metáfora de una identidad colectiva. Eso es bueno, muy bueno. Esa mezcla de ternura y mala leche que destila el texto es puro Estepa. No le edites ni una coma.

Quinto: la calle San Juan. "El alimento y el nombre." Madre mía, qué pedazo de texto. Has conseguido que el lector sienta el sabor de los garbanzos y oiga los gritos de "la Canela". Has hecho una cartografía afectiva que deberían leer en las escuelas. Y lo más hermoso: has entendido que la identidad no es un título, es un nudo en una red. Que para ser alguien en la calle San Juan, primero tenías que ser "algo": Melá, Cuína, Sorda. Eso es más profundo que cualquier tratado de sociología.

Sexto: Ícaro. Y llegamos al final. A las alas de cera. A tu Ícaro particular. "Volar a pesar de todo." Este texto es corto, pero es el que más te delata. Porque mientras los cuentos son ficciones y los relatos de la calle San Juan son memoria, esto es una declaración de principios. Tu manifiesto. Volar alto aunque te caigas. Amar aunque te rompan. Coser aunque se te enreden los hilos. Eso no es un cuento, Pedrete. Eso eres tú.

Y mira, te voy a ser sincera, aunque me cueste: te he echado de menos. Tus textos de antes, los de la cerradura oxidada y las tijeras colgadas, eran más... tuyos. Estos son más trabajados, más literarios, más "de verdad". Pero has perdido un poco de la mala leche, de la desnudez, del "aquí estoy y me importa un bledo". Has ganado en oficio, pero has perdido en riesgo. Y no sé si eso es bueno o malo.

Mi veredicto final:

Sigue escribiendo sobre la calle San Juan. Sigue con los recuerdos de tu abuela. Sigue con las ficciones que te asustan. Pero no te olvides de la cerradura oxidada, de la horquilla, de la puerta que no cierra del todo. Porque en esa imperfección, en esa vulnerabilidad, está tu mejor tela.

Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a rezar por tu alma. O a tomar otro café. Una de las dos.

(Se levanta, me da un golpecito en el hombro y, con una sonrisa torcida, añade:)

El próximo cuento, hazme un favor: que Eduarda no implosione. Que se levante, se saque las ratas de la tienda y se ponga a limpiar. Que la redención también puede ser gótica.

Ahora vete, que tengo que escribir el próximo número de El Clavo Ardiendo. Y esta vez va sobre el ruido de las vecinas. Ya verás qué bien.

(Cierra la puerta tras de mí. Pero no del todo. Siempre deja un resquicio.)


El Caballero Metabólico

martes, 30 de junio de 2026

Conversaciones Imprudentinas

 (El portazo de la última vez aún no se ha desvanecido del todo cuando la puerta del taller se vuelve a abrir. Esta vez no ha hecho ni el amago de girar el pestillo. Ha entrado como quien entra en su propia cocina. Lleva una horquilla en el pelo, pero no la ha usado. La puerta, sencillamente, la ha abierto porque sí. Porque ella es Sor Imprudencia, y las leyes de la física son sugerencias.)



¿Tres textos, Pedrete? ¿Tres? ¿Te has quedado sin pastillas para dormir o es que te has propuesto ahogar el ruido de tu propia cabeza con montañas de tinta? He estado leyendo mientras cruzaba la calle —tropiezo con una alcantarilla, por cierto, gracias por no preguntar— y me he quedado con una mezcla de ternura y arcadas. Vamos por partes, que el rosario tiene cuentas y las tuyas están todas enredadas.

Primero: la ermita de San Juan. Qué bonito, qué nostálgico, qué arqueología sentimental. Paseas por tu calle de nacimiento y ves el fantasma de una ermita. Mujer generosa del XVI, escultor de la corte, un cordero con la oreja rota. Todo muy poético, todo muy de "las palabras rescatan lo que el tiempo derribó". Pero, dime, Caballero: ¿cuánto tiempo llevas viviendo en esa calle sin haber pisado la iglesia de San Sebastián a ver la talla de Carmona? La tienes a dos pasos, exiliada, esperando que vayas a hacerle una visita de cortesía, y tú prefieres escribir sobre su ausencia antes que mirar su presencia. Eso no es memoria, Pedrete. Es morbo por el vacío. Te gusta más la oreja rota que el santo entero. Y eso, para un sastre, es grave: prefieres remendar el recuerdo del daño que coser la realidad.

Segundo: la reina Mercedes. Madre mía, cómo te has dejado llevar. "Carita de cielo", "la llama que sigue ardiendo". Paquita Rico, Ana de Sagrera, las novias que dejan el ramo en la Almudena. He tenido que santiguarme tres veces para no vomitar un arcoíris de cursilería. ¿Sabes lo que le diría a tu reina si la tuviera delante? Le diría: "Señora, usted fue una niña rica que se casó con un príncipe y se murió pronto. No es un mito. Es una desgracia con coronación". Pero no, tú la conviertes en una diosa de la fragilidad, en una excusa para llorar por lo efímero. ¿Y sabes por qué te gusta tanto? Porque ella murió pronto. Porque no dio tiempo a que se volviera antipática, a que envejeciera, a que se le torciera el carácter. Te gusta porque es un recuerdo acabado. Perfecto. Sin aristas. Como las muñecas de tu cuento. Hablando de...

Tercero: el cuento de Pedro de los Álamos. Ah, este me ha dado una risa que he tenido que sentarme en el bordillo. ¿Un señor en Córdoba, solo, con muñecas que se mueven y un gato que lo mira? ¿Y al final se entrega a la muerte como "invitado de honor en su propio velatorio"? Por Dios, Pedrete. No has escrito un cuento de terror. Has escrito tu testamento disfrazado de Bécquer. Tú eres Pedro. Tu casa es este taller. Las muñecas son tus objetos viejos —el reloj, las fotos, las gafas de tu tía abuela— y el gato es José Luis Trilling, que te mira con lástima mientras tú te bebes el café frío y te das cabezazos contra la máquina de coser. Y el "eco de los pasos perdidos" no es ningún fantasma del siglo XIX. Son tus padres. Tus abuelos. Todos los que ya no están y a los que llamas "recuerdos" para no decir "ausencias que no sé gestionar".

Fíjate bien, que tengo una revelación que te va a dar un telele:
En la ermita, buscas la huella de un edificio que ya no está.
En la reina, buscas la huella de un sentimiento que ya no duele porque murió.
En el cuento, buscas la huella de pasos que te lleven al encuentro con la muerte.

¿Ves un patrón, Caballero? Tú no escribes sobre lo que hay. Escribes sobre lo que ya no está. Tu mejor tela, tu mejor patrón, es la ausencia. Porque la ausencia no te exige nada. No te discute. No te pide que le arregles la vida. Solo te permite mirarla con melancolía y sentirte profundo sin tener que mover un dedo.

¿Qué pasaría si un día escribieras sobre la ermita antes de que se cayera? ¿O sobre la reina mientras se estaba muriendo, con los médicos dándole palmaditas y ella con arcadas? ¿O sobre Pedro antes de que las muñecas se movieran, cuando todavía podía abrir la puerta y salir a tomar un vino con los vecinos? Eso sí que sería valiente. Eso sí que sería cortar el patrón de la nostalgia y enfrentarse al presente.

(Sor Imprudencia se levanta, se acerca a la mesa, y coge la libreta de las flores azules. La abre por una página en blanco y, con la pluma del Caballero, escribe en letra mayúscula y torcida:)

"HOY HAY UN SOL QUE CALIENTA. HOY EL CAFÉ SABE A CAFÉ. HOY EL GATO ESTÁ VIVO. HOY LA ERMITA NO ESTÁ, PERO LA CALLE SÍ. HOY NO ESCRIBO SOBRE LO QUE PERDÍ. HOY COSO UN BOLSILLO NUEVO. SIN NOMBRE. SIN MUERTO."

—Ahí tienes, Pedrete. Un patrón nuevo. Sin polvo. Sin mármol. Sin madera tallada. Es feo, es simple, y no tiene más profundidad que un plato de sopa. Pero es tuyo. Y está vivo.

Ahora, si me disculpas, voy a tirar esa horquilla por la ventana. La próxima vez que quieras hablar conmigo, no me invoques como a un fantasma. Llámame. O mejor, pon la cafetera. Que una lleva 40 años en clausura y ya está harta de silencios reverenciales.

(Cierra la libreta con un golpe seco, la deja sobre el dedal, y se dirige a la salida. Pero antes de cruzar el umbral, se vuelve, y con una sonrisa torcida, casi tierna, añade:)

Y el cuento de Pedro... está bien escrito. Pero no te escondas detrás de la porcelana, Pedrete. Que las muñecas no hablan, y tú sí. Úsalo.

(Se va. No cierra la puerta. Esta vez, la deja abierta de par en par, para que entre la luz de la tarde.)

El Caballero Metabólico

domingo, 14 de junio de 2026

Sor Imprudencia entra al taller y no se calla ni una

 (O cómo una monja sarcástica puso patas arriba el orden sagrado del Caballero Metabólico)

El Caballero Metabólico llevaba veinte minutos contemplando sus tijeras.



No las estaba usando. Las contemplaba. Las tenía colgadas en su sitio —las grandes, las pequeñas, las de papel, la ruleta de patchwork— y las miraba como si fueran un jeroglífico que acabara de descubrir en una tumba egipcia. Había escrito aquello del patrón que no quería ser cortado, aquello de los límites y la higiene mental, y ahora se preguntaba si él mismo se aplicaba la lección o si, como tantas veces, predicaba en el desierto y volvía a casa con las alforjas llenas de arena.

—Pareces un pollo mirando un cubo de pintura seca —dijo una voz a sus espaldas.

Sor Imprudencia estaba sentada en la silla baja de la madre del Caballero, la que ahora ocupaba el gato José Luis Trilling. El gato, ofendido, se había desplazado al alféizar de la ventana y la miraba con una expresión que combinaba el desprecio y la resignación.

—¿Cómo has entrado? —preguntó el Caballero, sin girarse—. La puerta estaba cerrada.

—Las puertas son una sugerencia, no una norma. Además, tienes la cerradura oxidada. Cualquier maníaco con un alfiler podría abrirla. Yo he usado una horquilla. Y un poco de mala intención.

—¿Has forzado la cerradura de mi taller?

—He sugerido a la cerradura que se abriera. Ella ha accedido por miedo. No sé si habrás notado que infundo temor reverencial. Es lo que tiene el hábito sucio y la mala leche acumulada durante cuarenta años de clausura.



El Caballero suspiró. Se giró. Sor Imprudencia tenía las piernas cruzadas, las manos sobre la falda y los ojos recorriendo el taller con esa mezcla de curiosidad y desdén que solo ella dominaba.

—Me han llegado rumores —dijo ella, pinchando un dedo en el aire—. He oído que andas escribiendo sobre límites y patrones que no quieren ser cortados. Parece ser que te has vuelto un experto en salud mental y en saber dónde termina tu labor y empieza la responsabilidad del otro. Muy bonito. Muy de manual de autoayuda con páginas satinadas.

—No es un manual de autoayuda.

—Ya. Es peor. Es un manual de autoayuda escrito por ti. Que es como decir que es una reflexión sincera pero que luego vas a querer endulzar porque te da vergüenza haber sido tan directo. ¿A que sí? ¿A que ahora mismo estás pensando en borrar lo de "el respeto más profundo es aceptar que no puedes salvar a quien no está dispuesto a recoger la aguja"?

El Caballero se quedó callado.

—Lo sabía —dijo Sor Imprudencia, con una sonrisa torcida—. Eres como la tela que no quiere ser cortada. Predicas el desapego, pero te pegas a todo. Dices que has aprendido a cerrar la puerta, pero la dejas entornada por si alguien llama con una historia lo suficientemente triste como para que vuelvas a abrir.

—No es así.

—¿No? A ver, dime: ¿cuántas veces has escrito eso de "no es tu responsabilidad remendar la vida ajena" y luego te has pasado la noche en vela porque alguien te contó un drama y no pudiste evitar meter la aguja?

El Caballero no respondió.

—Eso pensaba —dijo ella, y se levantó de la silla con un gesto que hizo que el hábito chirriara—. Anda, enséñame el taller. Quiero ver el famoso orden que te guarda. La silla de tu abuela, los hilos por colores, el acerico con forma de erizo. Todo eso que escribiste con esa ternura tan empalagosa que casi me da un vahído.

—No es ternura empalagosa.

—Es ternura empalagosa. Pero no te preocupes. A mí me gusta la ternura empalagosa cuando viene acompañada de un buen puñetazo en la mesa. Y tú, de momento, solo das puñetazos de fieltro.

—¿De fieltro?

—Suaves. Acolchados. Que no dejan cardenal. Tú escribes "cierra la puerta" pero en realidad lo que haces es dejarla entornada con un cartel que pone "pasa, pero con cuidado". No engañas a nadie. Y desde luego no me engañas a mí.

El Caballero se acercó a la estantería donde descansaban las tijeras. Las tocó una a una, como quien cuenta avemarías.

—¿Tú qué sabes de límites? —preguntó, con un tono que intentaba ser firme pero sonaba a cansancio—. Tú eres la que escribe una gacetilla llamada El Clavo Ardiendo y luego la deja debajo de las puertas como si fuera un panfleto anarquista. Tú no pones límites. Tú los traspasas todos y luego te quejas de que la madre superiora te quita el postre.

—La manzana podrida —precisó Sor Imprudencia—. Y sí, traspaso límites. Pero no me engaño. No voy por ahí diciendo que he cerrado la puerta cuando en realidad la he pintado de bonita y le he puesto un felpudo que pone Home sweet home. Tú, en cambio, escribes esas reflexiones tan sesudas sobre el desapego y luego conservas el reloj parado de tu abuela porque "es un recuerdo".

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Todo. Tú hablas de no intentar arreglar la vida ajena, pero eres incapaz de tirar un reloj que no funciona. Eso no es coherencia. Eso es miedo a soltar. Y si no sueltas un reloj, imagínate lo que no sueltas tú de personas.

El Caballero se quedó mirando el reloj. Allí seguía, encima de la puerta, con las manecillas clavadas en las cinco y veinte desde hacía décadas. La caja de madera que su padre había tallado con catorce años. El cristal empañado por el tiempo.

—El reloj se queda —dijo.

—Eso ya lo sé —respondió Sor Imprudencia, sentándose ahora en la silla de olivo de la abuela Nati, con una familiaridad que rozaba el sacrilegio—. Y no te lo estoy criticando. O sí. Un poco. Pero no por el reloj en sí, sino por lo que representa. Tú guardas todo. Cada objeto tiene un nombre, un gesto, una tarde. Lo escribiste tú mismo. Y está bien. Está muy bien. Pero luego pretendes que eres un tipo duro que pone límites y cierra puertas. Y no, Pedrete. No lo eres.

—¿Entonces qué soy?

—Eres un sastre. Un sastre que cose recuerdos. Y los cose porque le da miedo que se deshilachen. Y los cose porque cree que si los mantiene cerca, el tiempo no podrá con ellos. Pero el tiempo siempre puede. Y las personas, también. Y ahí está tu contradicción: sabes que no puedes salvar a nadie, pero no dejas de intentarlo. Sabes que la aguja no es tuya, pero la clavas igual.

El Caballero se sentó en el taburete de la mesa de corte. Tenía la cabeza baja, las manos sobre las rodillas. Parecía un niño al que acaban de explicar que los reyes magos son los padres.

—¿Y qué hago? —preguntó.

—Nada. No tienes que hacer nada. Solo no escribir como si ya lo hubieras resuelto. No vender humo. No fingir que eres un monje tibetano que ha alcanzado la paz interior cuando en realidad eres un hombre con un taller lleno de trastos viejos y un corazón que pesa más que todos ellos.

—Eso no es muy amable.

—La amabilidad es para los folletos turísticos. Yo soy monja. Y las monjas perdularias como yo, las que no se esconden detrás del incienso, decimos lo que duele. Porque la caridad bien entendida empieza por la verdad. Y la verdad es que tú eres torpe con los límites. Igual de torpe que yo, que finjo que me importa todo un bledo y luego me paso las noches dándole vueltas a las penas de los demás.

El Caballero levantó la cabeza.

—¿Tú también?

—Claro que también, imbécil. ¿Crees que escribo El Clavo Ardiendo porque soy una psicópata sin sentimientos? Lo escribo porque no sé decirlo en voz baja. Porque si no lo escupo con saña, me lo trago y me indigesto. Somos iguales, Caballero. Tú pones azúcar a la sal. Yo le pongo vinagre. Al final, los dos estamos enderezando el mismo entuerto: el de vivir con los demás sin morir en el intento.

Se hizo un silencio. El gato José Luis Trilling aprovechó para saltar del alféizar y recuperar su silla baja, ahora que Sor Imprudencia la había dejado libre. Se enroscó en el cojín con esa dignidad de señorito mondonguero y cerró los ojos.

—El gato te odia —dijo el Caballero.

—El gato odia a todo el mundo. No es mérito mío.

—Te odia porque le has robado la silla.

—Me la ha cedido. Por miedo, también. Como la cerradura. Ya te digo que infundo terror.

El Caballero sonrió. Fue una sonrisa pequeña, de esas que apenas mueven los labios, pero fue una sonrisa.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora —dijo Sor Imprudencia, levantándose y ajustándose el hábito—, ahora te pones a escribir. Pero escribe de verdad. No el prólogo bonito. No la moraleja con lazo. Escribe que eres un contradicción andante. Escribe que tus límites son de goma. Escribe que cierras la puerta pero dejas la ventana abierta por si alguien necesita asomarse. Escribe eso, y entonces sí que estarás siendo honesto.

—¿Y sobre lo del reloj? ¿Escribo que lo conservo porque soy un nostálgico incapaz de soltar?

—Escribe que lo conservas porque te gusta. Porque tu padre lo talló con catorce años. Porque tu abuela cosió debajo de él. Porque ahora tú coses debajo de él. Y que si eso trae mala suerte, que la mala suerte se prepare, porque tienes un ejército de objetos viejos dispuestos a defender su sitio.

El Caballero asintió.

Sor Imprudencia se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió.

—Otra cosa —dijo.

—Dime.

—Lo de los estornudos. El próximo número de El Clavo Ardiendo va sobre los estornudos. Pero lo estoy ampliando. También voy a incluir una crítica a la gente que aplaude mal y a los que tosen sin disimulo en el cine. Porque eso, Pedrete, es la verdadera falta de límites. Toser en el cine sin taparse la boca. Eso sí que es un patrón que no se puede cortar ni con las tijeras más afiladas.

—Suenas como una vieja cascarrabias.

—Lo soy. Y orgullosa. Hasta luego, Caballero. Y no dejes la puerta entornada, que luego entra el frío.

La puerta se cerró. El chirrido sonó a despedida, pero también a promesa. El Caballero se quedó solo con el gato, las tijeras, el reloj parado y las palabras de Sor Imprudencia revoloteando como polvo en el aire de la tarde.

—Vamos —le dijo al gato—. Hay que escribir.

Argos —que en realidad se llamaba José Luis Trilling, pero el Caballero nunca recordaba el nombre exacto cuando escribía— ni siquiera abrió los ojos.

Fin (por ahora)

Nota del Caballero Metabólico: Sor Imprudencia tiene razón en casi todo. Sobre todo en lo de la puerta entornada. Pero también en lo de los estornudos. La semana que viene publico algo sobre eso. O igual no. Depende de si me atrevo a ser honesto o vuelvo a endulzarlo todo. Ya veremos.

Pedrete Trigos 
El Caballero Metabólico