sábado, 29 de agosto de 2026

El cerro: Castillo, refugio y raíz

 Hay un lugar al que mi memoria vuelve, siempre, con los pies descalzos del alma. Es el Cerro de San Cristóbal. Pero antes de ser un nombre en las guías, antes de ser un conjunto de piedras venerables, fue, simple y llanamente, mi cuarto de juegos. Un cuarto de juegos con vistas al infinito.  



La puerta trasera de nuestra casa en la calle San Juan tenía un postigo que era un portal a la aventura. Cruzarlo era dejar atrás el mundo ordenado de los adultos y entrar en nuestro reino. Allí nos esperaban Kika y Dino, dos chuchos de mirada fiel y cola alegre, los guardianes y cómplices de todas nuestras expediciones. Con mis primos, Ramón y Mari Ángeles, formábamos una patrulla indomable. Nuestra jurisdicción eran las laderas pedregosas, las ruinas que nos servían de fortín, los senderos polvorientos que conocíamos mejor que la palma de nuestras manos magulladas.  

No había vigilancia adulta. Solo el código no escrito de la infancia: regresar a casa cuando se encendieran las farolas, y desinfectar los inevitables raspones de rodillas con el remedio universal y un poco asqueroso de nuestra propia saliva. Daba igual que hiciera un calor de justicia o un frío que nos sonrojaba las orejas; el cerro era nuestra obligación y nuestra libertad. Recuerdo con una claridad física la sensación de lanzarnos cuesta abajo por la ladera de Santa María, sobre planchas de lata oxidada que hacían las veces de trineos. El ruido atronador, el polvo levantado, la velocidad precaria y la carcajada liberada al llegar abajo, en un revoltijo de piernas y latón. Éramos felices de una manera completa y simple.  



Con los años, la perspectiva cambia. Cuando me mudé al barrio de Los Cristos, mi mayor drama no fue dejar la casa de la calle San Juan, sino alejarme del cerro. Sentí que me desgajaban de mi territorio natural. Por eso, cada regreso ahora es un ritual necesario. Subir no es solo un paseo; es un acto medicinal. Es conectar de nuevo con la versión más esencial de mí mismo, con el niño que fui y que, en algún rincón, sigo siendo. Debería estar prescrito por receta médica: "Dosis semanal de cerro para la nostalgia y el desarraigo".  

Hoy, cuando subo, ya no corro desbocado. Camino. Y en ese caminar, el cerro me revela sus otras capas, las que de niño intuía, pero no nombraba.  

Junto a las piedras donde jugábamos al escondite, se alza, imponente, la Torre de la Victoria. De niño, era simplemente "la Victoria", un gigante en nuestro mapa de aventuras. Bordear el plinto de piedra carcomida sin caerte al suelo, era un reto de valientes. Hoy sé que es el campanario de lo que fue el Convento de la Victoria, un resto testarudo del esplendor del siglo XVIII, del mecenazgo de los marqueses. Verla me produce una ternura extraña: es el símbolo de un Estepa majestuoso que se estudia en los libros, pero para mí, será siempre el faro que guiaba nuestras tardes.  



Más arriba, la silueta del Convento de San Francisco y la espadaña de Santa Clara dibujan el cielo. Ellos sí que estaban allí, presenciando nuestras travesuras desde su atalaya de clausura y piedra. Representaban el poder señorial y la fe que modelaron este pueblo. De niño, eran solo edificios grandes y silenciosos en lo alto; ahora los veo como los abuelos severos pero protectores del cerro, los que le dan su peso histórico.  

Y envolviéndolo todo, está el paisaje que daba sentido a todo lo demás: el mar de olivares. Ese era, y es, el telón de fondo eterno de nuestra historia. De niño, era simplemente "el campo". Hoy comprendo que ese oleaje plateado es la verdadera razón de ser de todo. Es la economía que sustentó conventos y palacios, el paisaje que da el aceite que aromatiza mis recuerdos. Es la capa más profunda y perdurable, la que une a los niños que jugábamos aquí con los fenicios y romanos que primero cultivaron estas laderas.  



Al final, el cerro no se divide en capas para mí. Se funde todo en una sola experiencia sensorial y emocional. El olor a tomillo al ser pisado se mezcla con el recuerdo del jadeo de Dino corriendo a mi lado. La vista del Balcón de Andalucía se superpone a la imagen de mis primos, sentados en el mismo borde, compartiendo un bocadillo. La piedra fría de la torre al atardecer tiene la misma temperatura que la lata del trineo después de una bajada trepidante.  

Este cerro es mi raíz geológica y emocional. No necesito leer una placa para entenderlo; lo siento en los huesos. Cada subida es un reencuentro con los fantasmas alegres de nuestra patrulla infantil y una reconciliación con el adulto que soy. Es, sencillamente, mi lugar en el mundo. El lugar al que siempre, siempre, se puede volver para recargar la batería del alma. 

Pedrete Trigos 

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