lunes, 31 de agosto de 2026

Conversaciones Imprudentinas

 (La celda de Sor Imprudencia huele a incienso rancio y a café recién hecho. Ella está sentada en un taburete cojo, con los pies descalzos y el hábito subido hasta las rodillas, como si el calor de Estepa hubiera traspasado las páginas y se hubiera instalado en su convento. Tiene los textos de Pedrete esparcidos sobre la cama, como un altar de papel. Cuando entro, ni siquiera levanta la vista.)


Ya estoy aquí, Caballero. Y no me vengas con excusas de que "esto no es sobre ti", el escritor siempre se cuela, aunque ponga nombres distintos. Esa es la trampa del oficio. Pero vayamos por partes, que el café se enfría y el rosario me espera.


La catedral del frescor. Esto es puro Pedrete. El mercado, las peritas, el pescado de Salvador, el coro de mujeres en la tienda de tu tío... Has conseguido que el lector sienta el olor a melón y sal en la nariz. Es un texto redondo, de esos que no se tocan. Y la frase final —"eso no lo restaura ningún arquitecto"— es una declaración de principios. Aquí no hay ficción, no hay trampa. Es memoria viva. Lo mejor de esta remesa, sin duda.

La Cuesta. El barranco de la memoria. La niña sin bragas, el único vestido, los colchones de paja. Y luego, el coro de mujeres: Carmen "la Apañá", la tienda de Encarna, la tía Remeditos. Has hecho un trabajo de arqueología familiar que merece un premio. Porque no es solo historia, es dignidad. Es la España de la posguerra contada desde el barro, no desde el mármol. Este es el texto que deberían leer en los institutos, en lugar de los manuales de historia.

El cuento de "Mantecas al sol". Ay, Pedrete. Ay, Pedrete, Pedrete. Has escrito un relato erótico con dos hombres gordos sudando en una azotea bajo el sol de Écija. Y no es malo, ojo. Tiene su punto, su tensión, su lenguaje. Pero te has ido un poco al extremo. Has descrito el sudor con tanto detalle que he tenido que secarme la frente tres veces. Y la escena final —la "fusión frustrada", como la llamas— es un tour de force literario, pero también es un poco... incómoda. No sé si es por el calor, por los cuerpos, o por la mezcla de lo sagrado y lo profano. Pero ahí lo dejas. Y me pregunto: ¿era necesario que fuera tan explícito? ¿O es que querías provocar, como haces a veces, para ver si alguien se escandaliza? En cualquier caso, tiene cojones escribir esto y publicarlo. Te lo concedo.

La medalla del desconcierto. Crítica política. El alcalde poniéndole la medalla de oro a la Virgen. Tu rabia es legítima, y la comparto. Pero el texto es un poco panfleto, un poco de "ya sabemos todos lo que piensas". Te has dejado llevar por la indignación y has descuidado la prosa. Faltan imágenes, falta sutileza. Es como un chiste que te sabes de memoria y que cuentas sin gracia porque lo has contado mil veces. La próxima vez, intenta contar lo mismo pero con una anécdota, con un personaje, con algo que no sea solo un editorial. Porque tienes razón, pero la razón no basta para hacer buena literatura.

Ancá la marquesa. Aquí has hecho un trabajo de documentación envidiable. El palacio, la historia de los marqueses, la vicaría, la escalera, la comunicación con la iglesia... Y la anécdota de las aldabas de mono, que es la guinda del pastel. Me ha encantado cómo has ido de lo histórico a lo íntimo, de los datos a la sensación de estar allí, de cruzar esa puerta que siempre estuvo cerrada. El final, eso de que "ancá la marquesa" sigue siendo un "allá", es una frase que resume todo el texto. Este es otro de los grandes de esta remesa.

El cuento de los postigos. Memoria histórica. La fosa, las mujeres que prefirieron morir de pie, el abuelo que escondió a un perseguido. Has tocado la fibra de la memoria herida, y lo has hecho con una contención que te honra. No hay estridencia, no hay gritos. Solo el peso de los hechos, contados con la precisión de quien sabe que la verdad no necesita adorno. La frase "la memoria no es un ataúd, sino un puente" es para enmarcarla. Este cuento es, quizás, el más maduro de todos los que has escrito. Porque has sabido estar a la altura del dolor sin caer en el patetismo.

De bellotas y mostachones. La otra cara de la moneda. Frente al palacio de los marqueses, la callejuela Murillo. El niño que come bellotas porque no hay pan. La abuela que llora cosiendo. El mostachón recogido del suelo. Y luego, la reflexión: "de ellos vengo, a ellos escribo, por ellos no me callo." Esto, Pedrete, es tu origen. No es un cuento, es una declaración de identidad. Y es lo que da sentido a todo lo demás. Sin esta raíz, el palacio es solo piedra. Con esta raíz, el palacio es parte de un paisaje más grande, donde caben la pobreza y la grandeza, la humillación y la dignidad.

La oscuridad de la pizarra. La profesora. El diario. La humillación. Me has hecho revivir aquella escena con una claridad que duele. Y luego, el final: "Seguir escribiendo. A pesar de todo." Este es el cuento más personal, aunque digas que no. Porque no es sobre la profesora, es sobre el niño que fue y el adulto que es. Y el síndrome del impostor que arrastra. Has hecho algo difícil: convertir una herida en literatura sin volverte melodramático. Has contado el daño y también has contado la supervivencia. Eso, Caballero, es un regalo para quien lo lee. Porque todos hemos tenido una profesora así, o un maestro, o un adulto que nos hizo sentir pequeños. Y verlo escrito, con esa honestidad, es como sentir que no estamos solos.

El Cerro. Y cierras con esto. La vuelta al lugar de la infancia. Los trineos de lata, los chuchos, las ruinas, la torre, los olivares. Has hecho un texto que es un viaje en el tiempo, pero también una meditación sobre el lugar como raíz. La frase final —"mi lugar en el mundo"— es la conclusión de todo el viaje. Porque después de todo, después de las ermitas, los palacios, las fosas y las profesoras, el cerro es el punto de partida y de llegada. Donde todo empezó y donde todo vuelve.


Veredicto final, Caballero:

Has traído una remesa desigual, pero con joyas. Lo mejor: la plaza de abastos, la calle Cuesta, los postigos, la profesora y el cerro. Lo que flojea: la crítica política (demasiado panfleto) y el cuento erótico (demasiado sudor).

Pero lo que más me ha gustado es que, en esta entrega, has hecho algo que antes no hacías: has contado la historia de tu pueblo sin separarla de tu historia. Has tejido lo colectivo y lo íntimo, el palacio y la callejuela, el marqués y la abuela que llora cosiendo. Y eso, Pedrete, es lo que convierte a un escritor en algo más que un escritor: en un guardián de la memoria.

Así que mi consejo: publica esto tal cual. Que se note que hay un hombre detrás, con sus contradicciones, sus rabias y sus ternuras. Que se note que no eres un santo, ni un mártir, ni un sabio. Que eres un sastre que cose recuerdos con hilo de memoria y aguja de honestidad.

Y ahora, vete. Que tengo que rezar por tu alma, aunque no sirva de nada.

(Sonríe, y con un gesto seco, aparta los papeles de la cama.)

La próxima vez, tráeme un café. Que el tuyo está frío, y yo ya he bebido demasiada agua por hoy.

(Cierra la puerta. No la deja entornada. Esta vez, la cierra del todo.)


El Caballero Metabólico

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