Enero llegó a Estepa con una luz baja, rasante y plateada. Una luz que no calienta la piel, pero que modela el alma. Y en esa claridad invernal, que todo lo desnuda y lo revela, este proyecto que nacía titubeante encontró su pulso. No fue un mes de escribir sobre cosas; fue un mes de aprender a escuchar lo que las cosas —las piedras, los nombres, los ecos— tenían que contarme.
Empecé mirando a lo alto, a la Torre de la Victoria. En su verticalidad solitaria, herida y resistente, encontré la primera metáfora: la de la persistencia. Ella me enseñó que la historia no es solo lo que se construye, sino lo que se niega a caer. Que el paisaje, visto con la paciencia del invierno, es un pergamino de capas. Una lección de resiliencia en barro y caliza que derivó, inevitablemente, en el ejercicio contrario: mirar lo que ya no está. Rastrear la huella evanescente del convento y la ermita fue como leer un libro al que le han arrancado páginas cruciales. Descubrí que las ausencias también moldean un lugar, y que su sombra a veces es más alargada y elocuente que cualquier piedra en pie.
Pero un pueblo no son solo sus muros. Es, sobre todo, la gente que los habita y los abandona. La partida de Antonio, el Pollo de los Espárragos, me recordó con un golpe seco que la memoria más urgente es la que camina. Que se escribe en el gris de una chaqueta de trabajo, en el ceceo de una oferta callejera y en el ritual cómico de un reclamo amoroso desde el zaguán. Llorar su pérdida fue llorar por una Estepa que se desdibuja, sí, pero también fue celebrar la dignidad feroz de una vida entera tejida con oficio y amor familiar. A su lado, la leyenda de la Torralba emergió del otro extremo del espectro: la memoria heroica, teñida de sangre y fusil, que convierte un muro cualquiera en un monumento involuntario. Entre el Pollo y la Torralba se tiende el arco completo de nuestra historia: la íntima y cotidiana, y la que se grita para no ser olvidada.
Fue entonces cuando el viaje se volvió más personal, casi un pulso con mis propios fantasmas. Las piedras peregrinas del viacrucis olvidado me hablaron de una resiliencia distinta: la de los fragmentos que, dispersos, siguen contando una historia. Y en San Sebastián, frente al archivo de piedra que custodia mi nombre pero no mi fe, tuve que rendirme a la evidencia y escribir desde la honestidad de la distancia. Reconocerme no como un devoto, sino como un heredero. Un heredero de una cultura, de una comunidad, de un sentimiento de pertenencia que trasciende el dogma y anida en los rituales que cosen una vida familiar.
Este camino de fuera hacia adentro culminó en la búsqueda más íntima: la de mis propias raíces. Seguir el hilo de una partida de bautismo hasta una mujer en un borrico rumbo a Alhama fue el acto más mágico y melancólico del mes. Iluminar el pasado para descubrir, al mismo tiempo, una ausencia. Entender que lo que perdura no es el balneario de mármol, sino el eco tenaz de unos pasos sencillos. Ese viaje me dio la clave de todo: anhelamos la fecha, pero lo que buscamos en verdad es la vida.
Mirando atrás, enero fue el mes en que este proyecto dejó de ser un ejercicio para convertirse en una necesidad. En que la erudición local se fundió con la confesión personal, y la melancolía por lo que se pierde halló su contrapeso en la resiliencia de lo que se elige recordar y narrar. Fue el mes en que, guiado por la luz del invierno y por maestros como Aguilar y Cano —a quien se lee con gratitud crítica—, aprendí a hacer una lectura estratigráfica de mi propio paisaje afectivo.
Al cerrar este segundo capítulo, no siento que haya concluido algo. Siento, más bien, que por fin he encontrado el surco. Y que la semilla que ha comenzado a germinar en estos treinta y un días no es otra que la certeza de que la memoria, cuando se escribe con la voz propia, es el acto más íntimo y a la vez el puente más sólido hacia los demás. La piedra es lenta, y entiende de tiempos largos. Yo, simplemente, he empezado a aprender su ritmo.
Pedrete Trigos

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