El pasado temporal no nos ha dejado cicatrices. Nos ha amputado treinta miembros.
No yacen en un quirófano, ni vendados con gasas estériles. Descansan derribados sobre la tierra húmeda del cerro, con las raíces al aire como venas rotas y las copas mustias, mirando al suelo que durante décadas contemplaron desde lo alto. Treinta pinos. Treinta guardianes.
Últimamente, ya sentía una punzada sorda al pasear por el pueblo. Fotografiaba fachadas que fueron mercerías o talleres, y encontraba persianas bajadas o luces frías de nuevos negocios. Cada clic era, sin querer, un registro de una ausencia. Un negativo de lo que fue. El pueblo se me escurría entre los dedos del recuerdo, y yo intentaba sujetarlo con el objetivo de la cámara, como quien atrapa agua con las manos.
Pero el cerro… el cerro era mi territorio sagrado. La muralla infranqueable de la infancia. El reino donde el niño soldado construyó su cuartel general. Y en él, los pinos eran la guarnición. Eran soldados imaginarios, columnas de castillos en el aire, testigos mudos de confidencias adolescentes. A algunos, ya los veía enfermos. Torcidos, con ramas escasas, aguantando como ancianos aferrados a su bastión. Les hacía fotos con respeto funerario, presintiendo lo que llegaría.
El temporal de la semana pasada fue un asalto. Un viento que no silbaba, gritaba. Luego, la noticia seca, como un parte de bajas: más de 30 pinos caídos.
La rabia es un nudo. La pena, un peso. No es solo paisaje. Es otra amputación. Cada tronco en el suelo es un pedazo de mi mapa personal arrancado. Aquí me refugié una tarde; bajo aquella rama avisté por primera vez el pueblo a mis pies; contra este tronco apoyé la bicicleta.
Este proyecto del blog, este diario invernal, es un cable a la tierra. Un intento desesperado y hermoso de arraigarme con palabras donde las raíces de la experiencia flaquean. Y justo ahora, cuando empezaba a sentir que mi fortaleza interior dialogaba con la de piedra del cerro… la tierra misma me quita treinta trozos de mí.
Es paradójico y cruel. Quiero arraigarme y siento que me desmiembran. Quiero documentar la permanencia y solo registro la pérdida.
Ayer vi el desastre frente a frente. No hay luz plateada de invierno, ni promesa de primavera. Hay un cielo plomizo y un paisaje devastado. Claros brutales donde había umbría. Troncos como huesos gigantes descoyuntados. El viento, ahora manso, mece a los sobrevivientes como susurrando un réquiem.
Y en medio, una verdad incómoda: los huecos. Las raíces desnudas. No son solo restos de lo que fue. Son la evidencia de lo que es: un paisaje en desolación, una cicatriz abierta en la tierra y en mí.
La raíz del desastre: Un bosque que nunca debió ser
Al ver esta carnicería, uno no puede evitar preguntarse: ¿por qué cedieron así? La respuesta está escrita en décadas de error bienintencionado.
Entre los años 40 y 70, España emprendió una campaña colosal de reforestación. El objetivo era noble: frenar la erosión que asolaba laderas desnudas, fijar población rural y generar recursos. Pero la prisa y la visión utilitarista dictaron la estrategia. Se eligieron soldados verdes de alquiler: pinos de crecimiento rápido, como el carrasco, el resinero y, de forma masiva, el pino canario —un forastero de las Islas Afortunadas traído a tierras que no eran las suyas.
Se plantaron por millones, en hileras geométricas, como un ejército en formación. Lo que en sus primeros años pareció un éxito —un rápido reverdecimiento— llevaba dentro el germen de la fragilidad. Se ignoró una verdad fundamental: un bosque no es un conjunto de árboles, es una comunidad viva, compleja y adaptada. Estos pinos, muchos en suelos inadecuados, crecieron débiles, con raíces superficiales.
Las consecuencias las respiramos hoy. Estos bosques artificiales, de escasa biodiversidad, son presa fácil. Plagas como la procesionaria se propagan sin la resistencia de un ecosistema diverso. Grandes extensiones son ya bosques zombies: de pie, pero muertos en vida. Y cuando llega un agente externo, como este temporal, el desenlace es el que he visto: los árboles, con su madera frágil y su anclaje precario, caen como fichas de dominó.
Lo que el viento derribó en una noche fue solo el acto final de una agonía de décadas. Una lección ecológica escrita con troncos: que no basta con plantar árboles; hay que plantar, con humildad, el bosque correcto en el lugar correcto.
Este proyecto no trata de aferrarse a una postal inmóvil de Estepa. Se trata de habitar el cambio. De entender que el pueblo, como nosotros, está en flujo constante. Los comercios cierran, los pinos caen, las personas se van. La memoria no es un ancla para petrificarlo todo, sino un faro para navegar en esa corriente sin perdernos.
Pero maldita sea. Hoy duele. Hemos perdido treinta confidentes de madera y resina.
Mi infancia está unida a ese cerro. La casa de mis padres tenía un patio que a él conducía. No exagero si digo que parte de mi vida ha transcurrido bajo la sombra de esos árboles que hoy yacen muertos. Para mí, subir al cerro siempre ha sido medicinal; me recarga. Cuando me independicé hace 23 años, lo único que me espantaba era alejarme de él, de los juegos con mis perros, de la muralla donde montaba guardia imaginaria, de cómo usábamos latas oxidadas a modo de trineo. Y todo bajo la vigilancia de esos pinos.
Cuando pase este nudo en el pecho, volveré a subir. Me sentaré en esos troncos caídos, que ahora son bancos naturales. Y desde esa nueva perspectiva, más baja, más cercana a la tierra herida, volveré a mirar al pueblo. A lo que queda. A lo que persiste.
Los pinos han caído. Pero el cerro sigue en pie. Y yo, con mi pena y mi rabia, también.
Pedrete Trigos


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