miércoles, 25 de febrero de 2026

Aspirar los orígenes: Memoria del cortijo Gallo

Escribo a puro impulso y recuerdo. Sin ton ni son, como se camina por un cortijo abandonado: siguiendo el rastro de las piedras caídas, de las anécdotas a medio borrar. Hoy la memoria me lleva a Gallo, el cortijo de labranza donde se crio mi abuela Natividad. O más bien, a lo que queda de él: un montón de piedras que son la arquitectura del olvido, y sin embargo, el cimiento más sólido de una parte de mi historia.



Gallo era —y digo era porque hoy solo persisten muros desdentados y umbrales que no conducen a ninguna parte— un mundo autónomo. Allí crecieron mi abuela y sus trece hermanos, una tribu de la que solo alcancé a conocer algunos rostros: el tío Salvador, el tito Apolonio, la tía María Josefa y, sobre todo, la fascinante y divertidísima tía Asunción de Sevilla. Yo siempre conocí Gallo en ruinas. Mi prima Reme me dijo que ella sí lo conoció entero, y que era precioso. Y tiene que haberlo sido, porque la nobleza de la piedra que resiste, la traza de un arco solitario, así lo atestiguan.

En aquellas piedras vivieron Popá Manuel y María Antonia Apolonia, los padres de mi abuela. De él, mi padre guardaba la definición perfecta: un "tarambana de pronóstico". Bajo y delgado, con un amor por la juerga y la mala vida que una vez lo trajo de vender ganado en calzones blancos y sin un céntimo, tras haberlo perdido todo en la farra. Tuvo un gesto de caballero antiguo: al dejar viudas jóvenes a dos de sus hijas, decidió legarles el cortijo. Pero la vida, a menudo, es una comedia de enredos. Cuando los primos de mi padre ordenaron papeles, descubrieron la verdad: no había papeles. El cortijo no estaba escriturado a nombre de Popá Manuel. Ante el coste y el laberinto legal, desistieron. Así que aquel lugar, aquella piedra angular de nuestra familia, se convirtió oficialmente en propiedad de nadie. Terminó siendo, simplemente, un conjunto de ruinas en el término de Estepa, cerca de El Rubio y Marinaleda.


Pero hay una propiedad que los documentos no pueden anular: la propiedad del recuerdo. Y de esos, guardo algunos a fuego lento. Recuerdo una fotografía en uno de los corralones. Y sobre todo, recuerdo otra, terrible y bella: mi abuela y sus hermanas, todas vestidas de luto al más puro estilo Bernarda Alba, formando un círculo solemne en un patio empedrado. En el centro, un niño con los ojos cerrados. "¿Por qué está dormido?", pregunté. "No está dormido", me corrigió mi abuela con su suavidad triste. "Está muerto". Fue mi primer encuentro con una fotografía post-mortem, ese arte desgarrador de querer retener lo inasible.

Y luego está la gran pérdida, la que aún me enfada: la caja de zapatos. Mi abuela guardaba en ella un tesoro de fotografías antiguas. Estaba mi padre pequeño junto a mi tía Antonia, mi abuelo Rafael con el uniforme de la guerra, el tito Apolonio haciendo la mili en Marruecos. Pregunté a mis tías por su paradero. Ninguna lo sabe. Me temo que en esta familia, soy el único arqueólogo de estos restos, el único que se empeña en recoger las cuatro reliquias que el tiempo no se ha llevado aún. La desaparición de esa caja no es solo la pérdida de papel; es la desintegración de un rostro, la erosión de una mirada.


Por eso, cuando paso por la carretera cerca de donde están las ruinas de Gallo, bajo la ventanilla del coche y aspiro muy fuerte. Es mi ritual particular, mi forma de concretar la conexión. De inhalar el polvo que quizá fue parte de sus muros, de atrapar en el aire algún eco de las risas de aquella "gira" —así le decían al picnic— que recuerdo como un sueño. Yo debía tener menos de diez años. Una arboleda junto a un arroyo. Allí estaban mi abuela, la tía Asunción, el primo Caballero con Paca, el primo Petro, el primo Manuel de Sevilla con Chary y sus hijos, mis padres y yo. Tres generaciones bajo el verdor de los árboles. Un día perfecto y lejano, una imagen tan dorada que a veces dudo si fue real o un invento de mi mente romántica.

¿Acaso importa?

Las cenizas de la tía Asunción se esparcieron allí. Mi gato Gordo está enterrado en aquella tierra. Y yo he dado instrucciones: que lleven también allí las mías cuando llegue el momento. Porque al final, Gallo ya no es un lugar en el mapa. Es un punto de encuentro para lo que perdura. Para la memoria que no necesita escritura, para el afecto que sobrevive a la piedra, para el polvo que, al fin, volverá al polvo del que vino, completando el círculo. Aspiro ese aire, y en él está todo.

Pedrete Trigos

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