domingo, 22 de febrero de 2026

Los Mandados: El aprendizaje entre madejas y mostradores

 

Mi aprendizaje en el oficio no empezó con una aguja, sino con un recado. Antes de aprender a tensar una tela o a enhebrar una máquina, mis maestras, mis hermanas costureras, me iniciaron en la geografía sagrada de la materia prima. Mi primera lección fue de logística y confianza: ellas escribían una notita con lo que necesitaban, me daban el dinero exacto envuelto en el mismo papel, y allá que yo iba, un emisario infantil, a las mercerías del pueblo. Eran los mandados, un rito que era mucho más que una compra.  Por cierto, me encanta usar la expresión popular: "ancá" (en casa de...).


Mi recorrido tenía sus estaciones, cada una con su propio carácter. Estaba “ancá la Pelaya”, en la intimidad de la callejuela del Carmen, un nombre que ya era todo un poema. Luego, “ancá Los Pajaritos”, donde reinaba Antonia, la dueña, con su mascar chicle perpetuo y su mirada experta que valoraba el encargo de mis hermanas con un gesto. A su lado, Asun, la dependienta, era un espectáculo en sí misma: sus uñas, enormemente largas, manejaban las madejas con una destreza sobrehumana, y la seguía una estela de un olor a perfume tan intenso que se me quedaba pegado a la ropa y me hacía viajar de vuelta a casa en una nube de esencia ajena. 

Pero el verdadero templo, la catedral de los pequeños tesoros, era “La Villa de Madrid (ancá Paco)”, en la calle Mesones. Cruzar su puerta era entrar en otro siglo. Los mostradores y estanterías de madera antigua, oscuros y brillantes por el roce de miles de manos, hablaban de oficio y permanencia. Y allí, en el centro de todo, estaba el prodigio que más me fascinaba: los hilos marca “La Giralda”. No estaban guardados; estaban expuestos, como una joyería. Bajo la tapa de cristal del mostrador principal, se alineaban en un orden cromático perfecto, un arcoíris metódico de ovillos pequeños, cada uno envuelto en su fino celofán brillante. El rojo bermellón junto al granate, el azul cobalto al lado del turquesa, el verde esmeralda rozando el musgo. Para mí, aquello no era un almacén; era la paleta con la que se pintaba la realidad, el código de colores del mundo que mis hermanas reconstruían con sus vestidos. Me pasaba minutos mirándolos, hipnotizado por ese orden y ese brillo, antes de dar la nota y el dinero. 

Y luego estaba el santuario de los tejidos mayores: "ancá Alfaro", frente al Ayuntamiento. Aquello ya no era una mercería; era un establecimiento de paños. El mismo aire olía a lana cruda, a algodón almidonado y a silencio respetuoso. También allí, estanterías y mostradores de madera maciza dictaban la ley. Pero lo que más me impresionaba eran dos detalles que hablaban de un comercio distinto, desaparecido. En un rincón, un probador de celosía, íntimo y misterioso, forrado de un damasco rosa desvaído por el tiempo. Y, esperando a los clientes, un par de jamugas de estilo castellano, aquellas sillas bajas y robustas con asiento de cuero. Ese mobiliario no era decorativo; era una declaración de principios. Te decía: “Siéntate. Mira este libro de muestras. Tómate tu tiempo. Aquí las cosas se hacen sin prisas, con deliberación, porque un tejido no es un capricho, es una decisión que ha de durar”. 

Esos recados fueron mi primera escuela de costura. Aprendí que detrás de un vestido hay una cadena de gestos y lugares: la nota escrita, el camino hasta la tienda, la elección del hilo bajo el cristal, la contemplación táctil de una tela en un mostrador de madera noble, y el derecho a sentarse a pensarlo. Aprendí que los oficios no nacen solo en el taller, sino en el recorrido que hacemos para buscar sus herramientas, en el olor a perfume de una dependienta, en el brillo del celofán de un hilo y en la dignidad paciente de una jamuga vacía. 

Hoy, cuando elijo un terciopelo para un vestido del siglo XVI o busco el tono exacto de brocado para un chaleco decimonónico, en el fondo sigo siendo aquel niño de los mandados. Solo que ahora la nota me la escribo a mí mismo, y el viaje no es a la calle Mesones, sino al archivo de mi memoria, donde siguen intactos, en su orden perfecto, todos aquellos colores. 

Pedrete Trigos 

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