La vida sigue y con ella este diario personal.
Al despuntar febrero, cuando el invierno afila sus semanas centrales, el calendario de mi pueblo marca dos días entrelazados. No son fechas cualquiera; son un ritual de resistencia. El día 2, la Candelaria, pertenece a la luz y al fuego que se comparte. El 3, San Blas, a la protección de la garganta y al pan que se bendice. Juntas, forman un breve y poderoso ciclo donde la comunidad, ante el frío que aún muerde, enciende una llama y parte un pan. Y yo, desde mi distancia respetuosa, observo y me pregunto cómo habitar estos ritos que son de todos y, a la vez, tan íntimos.
La Candelaria: El fuego que nos reúne
La fiesta del 2 de febrero es un palimpsesto de siglos. En su origen se superponen la leyenda bíblica —la Presentación del Niño en el Templo— y la astucia de la Iglesia primitiva, que hace dieciséis siglos transformó las antorchas paganas de las Lupercalia en velas benditas. La Candelaria es, en esencia, la fiesta de la luz que se hace acto. Una luz que no es solo metáfora; aquí, en Estepa, se convierte en calor de hoguera y en brasa para asar.
La teoría es bella: simboliza a Cristo como "Luz para alumbrar a las naciones". Pero la práctica, la que late en las calles de la serranía al caer la tarde, es aún más elocuente. En los barrios, las candelas encienden círculos de luz y calor en la oscuridad invernal. El olor a leña quemada se mezcla con el aroma inconfundible del chorizo y la panceta asándose sobre las ascuas. No es solo una tradición; es un mandato comunitario: reunirse, compartir el fuego, conversar con la mirada perdida en las llamas. Es la manera en que un pueblo dice, sin palabras: el invierno no nos vencerá.
Yo no tengo hoguera donde vivir este rito. Mi casa carece de ese espacio. Pero conservo, guardada con un cuidado casi involuntario, la vela de mi bautismo. Está torcida, partida en algún sitio, un cilindro de cera amarillenta que un día fue blanca. Mis padrinos, mi primo Joaquín y mi hermana María José, ya desaparecida, la sujetaron por mí aquel 25 de diciembre de 1977. Quizás, esta noche, la encienda. No será un acto de fe ortodoxa, sino de memoria lumínica. Un guiño privado a esa luz que, desde un ritual familiar del que apenas tengo recuerdo, me señaló como parte de esta tribu.
San Blas: El pan que nos protege
Si la Candelaria es colectiva, San Blas es íntimo y doméstico. El 3 de febrero, el miedo ancestral a la enfermedad —al mal de garganta que ahoga— encuentra un abogado en un santo del siglo IV y un remedio tangible: el pan bendito.
En Estepa, la mañana huele a horno encendido. Las panaderías elaboran las roscas anudadas y los hornazos con su huevo cocido incrustado como un sol. La gente lleva sus cestas a la iglesia de San Sebastián —mi iglesia del archivo de piedra— para que el sacerdote bendiga estos alimentos. Es conmovedor ver a los niños llevar sus panecillos, iniciándose en una cadena de tradición y cuidado.
Esta costumbre, hoy tan viva, es un milagro de la memoria recuperada. En 1991, un grupo de jóvenes de San Sebastián rescató del olvido la devoción a San Blas, cuya talla del siglo XVIII —atribuida a Diego Márquez— había sobrevivido a un naufragio mayor. Procede del desaparecido Convento de la Victoria, aquel del que solo quedó la torre. De algún modo, el santo protector es también un superviviente, otra piedra peregrina que encontró un nuevo hogar.
Quise, en un impulso de conexión manual con mi herencia, hacer mi propia rosca. Tres intentos que terminaron en el cubo de la basura. La masa es un ser vivo, caprichoso, y yo no tengo sus secretos. Reconozco mi derrota con una sonrisa; mi futuro no está en el horno. Así que encargué mi rosca "ancá el Niño del Horno", como siempre. Pero el gesto de querer amasar, de fracasar, ya fue un tipo de participación. Como lo fue confeccionar, con una cinta de raso de mi taller y una vieja medalla, la cinta de San Blas. No lo llevo por superstición, sino como un talismán de pertenencia. Un objeto pequeño que dice: "Aunque no sepa hacer el pan, entiendo su significado. Aunque no rece, honro el hilo que une".
La Candelaria y San Blas, estas dos notas consecutivas en la partitura de febrero, componen una melodía profunda sobre lo que nos sostiene. La primera nos recuerda que frente a la oscuridad, se enciende un fuego compartido. La segunda, que frente a la vulnerabilidad, se ofrece un alimento bendecido y un hilo protector.
Yo transito estas fiestas como quien camina por la orilla de un río en el que no se baña, pero cuyo rumor conoce y aprecia. No necesito creer en todos los dogmas para sentir el calor comunitario de la hoguera o la tierna solemnidad de la rosca bendita. Me basta con entender que son los ritmos con los que mi pueblo late en pleno invierno, los gestos con los que une lo espiritual y lo material, lo divino y lo terrenal.
Al final, quizás esa sea la verdadera luz que prevalece y la auténtica protección: la de saberse parte de un ciclo, de una memoria y de una comunidad que, año tras año, enciende su llama y parte su pan, invitando a todos, creyentes y herederos, a tomar asiento junto al fuego.
Pedrete Trigos



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