domingo, 8 de febrero de 2026

Una calle que se hizo puente.

Si me preguntan si creo en la magia, diría que no. Pero a veces, el pasado no se anuncia con susurros. Se materializa en el asfalto, en una esquina cualquiera, y nos tiende un objeto que es un enigma. Y por un instante, la razón vacila y uno llega a preguntarse si la magia, después de todo, no será el nombre que le damos a los hilos invisibles del tiempo.

Todo comenzó, aunque yo no lo supiera, en 1648. En un paraje murciano llamado Balate, un pastor huérfano llamado Pedro Botía encontró, no en el suelo, sino en una visión, la respuesta a su tristeza. Según la leyenda, se le apareció el Niño Jesús, vestido como un nazareno y portando una cruz, con una invitación que cambiaría una vida y fundaría una devoción centenaria: «Toma mi Cruz y sígueme». Aquel pastor se convertiría en Fray Pedro de Jesús, y su experiencia en el origen de la veneración al Niño Jesús de Mula, un símbolo de esperanza arraigado en la tierra murciana.


Mi parte de la historia arranca tres siglos y medio después, en la calle La Puente de Estepa. No fue una aparición, sino un destello pálido en el suelo. Al inclinarme, no encontré una moneda, sino un pedazo de tiempo: una estampa de papel sepia donde un Niño Jesús, distinto a todos los que conocía, sostenía una cruz con una mirada que atravesaba los siglos. Algo en esa imagen abandonada me detuvo. No pude dejarla allí, a merced del viento y la desmemoria. La rescaté, la enmarqué en un pequeño marco de pan de oro y la colgué en la pared de mi dormitorio juvenil. Allí se quedó, un misterio silencioso que se mudó conmigo a mi vida adulta, una pregunta sin respuesta colgada en la pared.

La vida siguió su curso, y el tiempo depositó su capa de cotidianidad sobre aquel hallazgo. Hasta que un día, el hilador moderno de casualidades —un algoritmo de Facebook— tejió un encuentro. Me conectó con un chico de Mula, Murcia. Compartíamos intereses, charlas distendidas sobre historia del vestido. Y entonces, él publicó una fotografía: la imagen oficial del Niño Jesús de Mula. Un latido seco detuvo mi respiración. La iconografía era inconfundible: el traje, la cruz, la postura. Corrí a cotejar las imágenes y no hubo margen para la duda. El Niño abandonado en la acera de mi pueblo era el mismo, el venerado a más de 400 kilómetros de distancia.

La revelación fue un vértigo. ¿Cómo podía una estampa devocional de un pueblo de Murcia haber ido a parar a una calle de Estepa, en Sevilla? La fantasía buscó desesperadamente un puente. Y la memoria familiar lo construyó, ladrillo a ladrillo, con una precisión escalofriante. Mi abuela, la querida Natividad, vivió en la calle Cruz. Una calle que corre, exactamente en paralelo, a la calle La Puente. El hallazgo ocurrió a unos pasos simbólicos de su puerta.

Pero el nudo se anudó con una fuerza aún mayor cuando las raíces genealógicas emergieron del archivo. Los bisabuelos de mi abuela Natividad, los Andreu y los Ojeda, eran naturales de Totana, Murcia. Y Totana dista apenas 35 kilómetros de Mula. Son pueblos de la misma tierra, regados por los mismos mitos y las mismas devociones. De pronto, el rompecabezas encajó con un click que resonó en el pecho.

La estampa no llegó por arte de magia. Es casi seguro que viajó, hace generaciones, en el baúl de alguna de esas familias murcianas que emigraron a la campiña sevillana. Quizás se deslizó de entre las páginas de un misal, quizá el viento la rescató de un cajón olvidado en un desván. Y allí, en el suelo de la calle, esperó a que alguien, sin saberlo, recogiera un fragmento de su propia herencia.

Esta anécdota ha dejado de ser casual para convertirse en un guiño del destino. Como si el Niño de Mula, a través de ese papel humilde, hubiera querido trazar un círculo. No fueron solo nombres en un árbol genealógico; fueron personas que quizá pisaron el santuario de Mula, que tal vez rezaron ante una estampa idéntica. Su devoción, materializada en un trozo de papel, cruzó provincias y siglos para terminar, literalmente, a los pies de su descendiente.

Hoy, Pedro —el nombre del pastor elegido— y yo, Pedro —el nombre del nieto que encontró la estampa—, estamos unidos por un extraño paralelismo. Separados por siglos, cada uno recibió, a su manera, un mensaje. Uno en una visión fundacional; el otro, en un papel hallado al borde de la acera. Casualidad, sin duda. Pero es hermoso pensar que a veces, el pasado no necesita que lo busquemos en archivos polvorientos. A veces, se nos cruza en la calle, se hace tangible, y nos pide que lo recojamos. Solo hace falta tener los ojos abiertos para ver el puente, y el corazón dispuesto a atravesarlo.

Hoy miro la estampa y ya no veo un misterio ni un milagro. Veo un testigo. Un pequeño y frágil puente de papel sepia entre la Murcia de mis raíces lejanas y la Sevilla de mi vida. Un recordatorio de que estamos hechos de historias que no conocemos, y de que a veces, esas historias salen a nuestro encuentro para decirnos, sencillamente, que pertenecemos a algo más grande que nuestro propio tiempo.

Pedrete Trigos.

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