Hay tradiciones que se heredan en la sangre y otras que se observan desde la orilla. Yo pertenezco a esta última estirpe. En mi casa, la religión era como el mobiliario antiguo: se respetaba, ocupaba un espacio inamovible, pero rara vez se usaba para su fin original. Los rezos, las novenas, el ir y venir de procesiones eran cosa de otros. Éramos, en el mejor sentido, como las vacas que ven pasar el tren: conscientes de su existencia, incluso admirando a veces su estruendo, pero sin subirnos nunca a él.
Sin embargo, el tren, metafóricamente, hizo una parada en mi estación. Hace dos décadas, una inquietud adolescente —esa mezcla de curiosidad, búsqueda de grupo y un vago anhelo de trascendencia— me llevó a cruzar el umbral del convento de San Francisco. Allí, en un grupo de pastoral juvenil, intenté vivir la fe bajo la visión franciscana. El experimento duró poco más de un año. Lo que prometía ser un espacio de fraternidad y sencillez se tornó, bajo ciertas dinámicas, en algo despótico y manipulador. Me fui, dejando atrás el bochinche y la polémica, pero guardando, como pequeños tesoros robados, los momentos de auténtica camaradería y las largas conversaciones de los fines de semana.
Entre esos recuerdos, hay uno que ahora, con la perspectiva que da el tiempo, me parece una clave. Era Cuaresma, y en nuestros paseos por el pueblo con Juanjo, el fraile que hacía de guía, maestro y, en teoría, faro espiritual, yo solía gastarle una broma insistente. Con la inocente malicia del que quiere probar los límites, pedía carne para comer los viernes. Era mi pequeño gesto de rebeldía, un guiño irreverente para provocar una reacción, para ver si tras la sotana había un hombre con el que se pudiera bromear. Mi madre, desde la costumbre callada de su generación, sí se acordaba: en casa, los viernes de Cuaresma, la carne brillaba por su ausencia. Yo, en cambio, he crecido en un mundo donde ese ayuno ya no es norma, sino una elección personal que casi nunca elijo. Es elocuente: mi rebeldía de entonces anticipaba mi distancia de hoy.Pero esa distancia no es ignorancia. Al contrario, es desde ella desde donde puedo preguntarme no qué se celebra, sino por qué se celebra. Y es aquí donde la historia del Miércoles de Ceniza y la Cuaresma deja de ser un dogma ajeno para volverse un fascinante relato humano.
El polvo, la ceniza y los cuarenta días
Todo comenzó, como tantas cosas en el cristianismo, de forma austera y comunitaria. En los primeros siglos, aquellos que querían reconciliarse con la Iglesia tras faltas graves iniciaban, cuarenta días antes de la Pascua, un riguroso camino público de penitencia. El miércoles que daba inicio a este período, eran cubiertos de ceniza y vestidos con sayales. No era un ritual íntimo, sino una declaración visible de fragilidad y deseo de volver al grupo.
Con el tiempo, entre los siglos X y XI, la Iglesia tuvo una intuición profunda: la necesidad de conversión no era solo para los pecadores manifiestos, sino para todos. Así, el gesto de la ceniza se extendió a cada creyente. La frase del Génesis —«Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás»— dejó de ser una sentencia para unos pocos y se convirtió en un recordatorio universal de nuestra condición mortal. El ayuno y la abstinencia, simbolizados en esa prohibición de la carne que yo provocaba, no eran un castigo, sino un ejercicio para crear vacío, para hacer espacio a lo esencial quitando lo superfluo. Los cuarenta días, número bíblico por excelencia (el diluvio, el desierto de Jesús, el éxodo), dibujaban un mapa interior: un viaje simbólico a través del propio desierto para llegar, renovado, a la Pascua.
Mirar el tren con otros ojos
Hoy, cuando camino por Estepa y veo los carteles de los cultos cuaresmales, no siento el impulso de entrar. El jolgorio de la Semana Santa, con su estética poderosa y su fervor colectivo, tampoco será probablemente mi camino para reencontrarme con el pueblo. Pero sí siento una curiosidad nueva, serena.
Ahora entiendo que el gesto de Juanjo al explicarnos —con más o menos paciencia ante mis provocaciones— el significado del ayuno, estaba conectado con una cadena histórica que se remonta a hombres y mujeres que, hace siglos, se cubrían de ceniza en un acto de humildad radical. Comprendo que la norma que mi madre seguía por costumbre era el último eco de una disciplina ancestral, no un capricho.
Busco la información sobre estas fiestas no para creer, sino para comprender. Para saber de dónde vienen los ritmos que, queramos o no, han marcado el calendario de nuestra cultura, los olores de nuestras cocinas en Cuaresma, la atmósfera única de ciertos atardeceres de primavera. Una cosa no está reñida con la otra. Se puede observar el tren desde el campo, sin subirse a él, pero apreciando la ingeniería que lo hizo posible, la historia de la vía y el paisaje que atraviesa.
Al final, quizás la herencia más auténtica no es la fe que se profesa, sino la memoria que se comprende. Y en mi memoria personal, queda para siempre la imagen de un joven pidiendo carne en viernes de Cuaresma, no por hambre, sino por el deseo, más profundo y legítimo, de encontrar su propio camino entre la ceniza y la fiesta.
Pedrete Trigos

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