Hay una pregunta que me ronda cada febrero, cuando veo el cartel del concurso de disfraces en la caseta municipal: ¿por qué aquí no? ¿Por qué en Estepa, un pueblo con una memoria histórica tallada a fuego en piedra y procesión, el Carnaval se redujo a esto, mientras que hace apenas un siglo las calles resonaban con murgas y sátira? Se decía entonces, como advertencia suprema, “este año te van a sacar en la murga”. Era la amenaza del ostracismo por estridente, por haber sacado los pies del tiesto. Y tal vez ahí, en esa frase, esté enterrada la respuesta. ¿Fue este un pueblo tan celoso del escándalo y la decencia, tan temeroso de la burla popular, que terminó por censurar la fiesta que la encarnaba?
El Carnaval es mucho más antiguo y profundo que su capa de purpurina. Su nombre mismo esconde un viaje. Durante siglos, la Iglesia fomentó la etimología de carnelevare, “quitar la carne”, ligándolo al ayuno cuaresmal. Pero estudios históricos señalan un origen más remoto y poético: el carrus navalis o currus navale, el carro naval. En la antigua Grecia, un barco con ruedas transportaba la imagen de Dionisio, dios del vino y el éxtasis, en medio de un cortejo de cánticos satíricos y desenfreno. Los romanos heredaron este carro en procesiones para Baco y en el culto a la diosa Isis, donde una nave sobre ruedas simbolizaba el inicio de la primavera y la temporada de navegación. De aquel carro naval lleno de máscaras y gritos derivarían, siglos después, nuestras carrozas.Este espíritu no era solo diversión. Era un ritual de inversión total. En las Saturnales romanas, los esclavos eran servidos por sus amos y el orden social se suspendía. Era el “mundo al revés”, un caos controlado donde se permitía, durante un tiempo preciso, la crítica, la sátira y la liberación de los instintos. La Iglesia, incapaz de erradicar estas raíces paganas, hizo lo que solía hacer: las cristianizó. Encajó la fiesta como el preludio desbordado a la Cuaresma, la válvula de escape antes del recogimiento. Así, el ciclo quedó sellado: el desorden dionisíaco precedía al orden penitencial.
El corazón de la fiesta late en un símbolo poderoso: El entierro de la Sardina. Al final del Carnaval, en muchos lugares, se quema o entierra un pelele, el “Rey Carnaval” o el “Mal Humor”. Este acto no es un simple final festivo. Es un rito arcaico de purificación y renovación. Representa la destrucción del invierno, de lo viejo, de los males acumulados, para asegurar la fertilidad y un nuevo ciclo. Es la muerte que garantiza el renacimiento. Los hombres, disfrazados de viudas dolientes, acudían ala procesión o cortejo fúnebre entre lágrimas falsas y vestidos descarados. La máscara, por su parte, no era solo un disfraz; era un instrumento de transformación radical que permitía, por unos días, ser otro, borrar las jerarquías y decir lo indecible.
Y entonces vuelvo mi mirada a las calles vacías de Estepa. Aquellas murgas que “sacaban” a la gente, que se burlaban de los acontecimientos del pueblo, no eran solo chirigotas. Eran la versión local, estepeña y castiza, de ese cortejo satírico que seguía al carro naval de Dionisio. Eran la expresión última de ese espíritu que invierte el orden, que señala al poderoso o al ridículo, que purga a la comunidad mediante la risa. La advertencia “que te saquen en la murga” contenía el miedo ancestral a ser el protagonista de ese rito, a ser señalado por la comunidad en su momento de catarsis colectiva.
Tal vez el Carnaval no decayó aquí por falta de alegría, sino por un exceso de orden. Porque su esencia –la sátira descarnada, la inversión de los papeles, la exposición pública del conflicto– chocaba frontalmente con el temor al “qué dirán”, con el celo por la honra callada y la compostura. Se prefirió la paz social de la censura tácita al caos liberador de la crítica en verso.
Hoy, cuando paseo por el cerro bajo la luz fría de febrero, a veces pienso en ese barco con ruedas que nunca llegó a recorrer nuestras cuestas. Y me pregunto si, al apagar las murgas, no perdimos algo más que una fiesta: perdimos un ritual antiguo de autoconocimiento colectivo, un espejo grotesco donde el pueblo podía verse a sí mismo, con sus grandezas y sus miserias, y reírse de todo ello antes de volver, renovado, al orden cotidiano. El carro naval pasó de largo, y con él, se llevó una forma de verdad.
Pedrete Trigos

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