La divulgación histórica ha sido, durante años, una de mis grandes pasiones. Me acerqué a ella a través de la recreación histórica, un mundo fascinante donde, lo confieso, siempre me sentí un poco desubicado. Mi corazón latía más fuerte no por el evento festivo, sino por el deseo de comprender y compartir las historias que hay detrás de cada prenda, cada costumbre, cada piedra.
Sin ser historiador profesional, sino un eterno aprendiz con curiosidad de amateur, siempre vi en la divulgación un puente maravilloso. Sin embargo, con el tiempo, ese puente comenzó a sentir el peso de unas expectativas —propias y ajenas— que lo hacían tambalear. La presión por formalizar conocimientos, por convertir una ilusión en un currículum, fue apagando lentamente la chispa. El año pasado, con una mezcla de alivio y tristeza, tomé la decisión consciente de dar un paso al costado.
La vida, no obstante, tiende a poner a prueba nuestras resoluciones. Hace apenas una semana, me tendieron una mano hacia una oportunidad de ensueño: impartir un taller en un Museo de Madrid, centrado en el vestuario femenino de la época de Eugenia de Montijo. La propuesta era un honor, y el entusiasmo inicial —eclipsado por la magnitud del escenario— me llevó a decir que sí casi por reflejo.
Pero tras la euforia vino la calma, y con ella, una claridad rotunda. En esta semana de reflexión, he escuchado a mi interior con atención, y su mensaje es sereno y firme: no tengo ganas. No de aprender, ni de descubrir, sino de embarcarme en la maquinaria que conlleva este proyecto: la investigación dirigida, la presión por memorizar, la energía que exige enfrentarse a un público cuando mi fuelle creativo apunta en otra dirección. Reconocer esto no es flojera, sino honestidad. Y ser honesto, a veces, es el acto más valiente que podemos practicar.
Porque he encontrado mi verdadero puerto. La satisfacción serena que me dan mis blogs es hoy mi norte. Este diario íntimo de Estepa, el blog de historia del vestido y el de historia general, son mis talleres sin paredes. En ellos, la documentación es un placer, no una obligación. Escribo por el mero goce de aprender y compartir, sin el peso de un guion que cumplir o un público que impresionar. La presión se esfuma, y solo queda el diálogo puro con la curiosidad.
Sí, todo cambia. Y ese cambio no es una derrota, sino la prueba más clara de que estoy vivo y evolucionando. Prefiero la calma de la escritura reflexiva, el aprendizaje a mi ritmo, la documentación sobre lo que me emociona genuinamente. He tocado un fondo, sí, pero no para quedarme allí, sino para impulsarme hacia una superficie nueva: la de la autenticidad.
Todo tiene su momento y su lugar. Y yo, ahora lo veo con nitidez, estoy encontrando los míos. En la tranquilidad de teclear estas líneas, en la profundidad de un paseo por el pueblo, en el recuerdo de una mercería ya desaparecida. ¿Demasiado cotidiano? Quizás. Pero a mí, me sobra y me basta.
Este no es un adiós a la historia, sino un abrazo más íntimo y verdadero a la forma en que decido vivirla y contarla. Desde la quietud, desde la raíz, desde la paz de saber que el camino, al fin, es mío.
Pedrete Trigos


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