miércoles, 8 de abril de 2026

Mis fantásticos (y nada secretos) alter egos


Llevo años escribiendo cuentos. Algunos son breves, casi suspiros. Otros se alargan más de la cuenta, como si los personajes se negaran a callarse. Y en casi todos ellos aparecen las mismas caras. No es falta de imaginación, creo. Es obsesión. O cariño. O las dos cosas. 

Se llaman Sor Imprudencia, el Marqués de Aliaga, Antoñita Leicon y la Poseída. Son arquetipos, lo sé. Arquetipos y alter egos. Míos o de personas que conozco. No voy a decir quién es quién. Ni siquiera estoy seguro de saberlo del todo. 



Sor Imprudencia es mi favorita. Lo confieso sin vergüenza. 

Es una monja perdularia. Descuida su hábito —siempre una arruga de más, siempre un roto mal cosido—, extravía el rosario, olvida las vísperas. No es que sea mala. Es que no le importa. O le importa todo tan a su manera que parece que no le importa nada. Sarcástica, ácida, mira el mundo por encima del hombro como quien mira un escaparate que ya ha dejado de interesarle. No reza. Observa. Y cuando abre la boca, escuece. Pero no por maldad, creo, sino por costumbre. Lleva tantos años viendo miserias que ya no le queda paciencia para las tonterías. 

Me gusta imaginarla en un convento de clausura que apenas la soporta, paseándose por el claustro con las manos en los bolsillos —los hábitos no tienen bolsillos, pero ella se los ha cosido— y soltando verdades a media voz. Las monjas jóvenes la evitan. Las viejas la respetan a regañadientes. Y Dios, supongo, la mira desde arriba con una mezcla de ternura y agotamiento. 

Escribo sobre ella cuando estoy cansado del mundo. Cuando ya no me apetece ser amable ni diplomático ni comprensivo. Entonces la llamo. Ella llega, se sienta a mi lado sin pedir permiso, y dice aquello que yo no me atrevo a escribir. 

El Marqués de Aliaga es un príncipe destronado. Desengañado de todo y de todos. Camina con una dignidad que ya no le sirve para nada, como quien lleva un traje de época a una feria de ganado. Sabe que el mundo ya no es suyo, pero no le importa. O le importa demasiado. No termino de decidirlo. 

A veces creo que es mi padre. A veces creo que soy yo dentro de unos años. A veces creo que es ese vecino que saluda con la cabeza y nunca cuenta nada de su vida. El Marqués no se queja. Eso sería vulgar. Simplemente observa cómo el mundo se deshace y anota mentalmente los errores ajenos. Los suyos no los menciona. Los suyos los guarda en una habitación cerrada que nadie visita. 

Escribo sobre él cuando me siento viejo. Cuando la nostalgia pesa más que la esperanza. Entonces lo saco del armario —vive en un armario, no me preguntes por qué— y lo dejo pasear por mis páginas. Siempre con elegancia. Siempre con esa tristeza bien planchada que no quiere ser consuelo. 

Antoñita Leicon es la más difícil de escribir. 

Ella es la inocencia hecha criatura. El desamparo. La ingenuidad en su estado más puro, que es también el más peligroso. Antoñita no entiende el mal. No porque sea tonta —no lo es—, sino porque su alma no está diseñada para procesarlo. El mal entra en su casa, se sienta a su mesa, y ella le ofrece té y galletas. No sabe que debería echarle. No sabe que puede echarle. 

Y eso la hace frágil. Y eso la hace hermosa. Y eso me rompe cada vez que la escribo. 

Antoñita apareció hace años en un cuento que nunca terminé. Desde entonces no se va. Se queda en un rincón de mi escritorio, mirándome con esos ojos grandes que todo lo aceptan, con sus rizos negros y su vestido amarillo. Me da miedo escribirla, porque sé que el mundo que la rodea no es amable con los inocentes. Pero también me da ternura. Y quizás por eso vuelvo a ella una y otra vez. Para intentar protegerla. Para fallar siempre. 

La Poseída es el mal. Pero no un mal espectacular, de película. No. La Poseída es el síndrome del impostor convertido en orgullo. La sombra que crece en los rincones donde no da la luz. Representa todo aquello que no querría encontrar en mí mismo y que, por supuesto, encuentro cada mañana frente al espejo. 

Es soberbia. Es envidia. Es esa voz que te susurra que no vales, que todo lo que haces es mentira, que cualquier día te descubrirán. La diferencia es que La Poseída no se avergüenza de esa voz. La abraza. La hace suya. Ella no quiere ser mejor persona. Quiere ser la única. 

Pero tiene un secreto, y ese secreto es la razón por la que le tengo cariño a pesar de todo: su forma de encarnar el mal es torpe. Insensata. Chapucera. Planea venganzas que se olvida ejecutar. Teje conspiraciones que ella misma deshace por aburrimiento. Intenta ser terrible y termina siendo patética. Y en esa patética contradicción, en ese fracaso constante por ser lo que quiere ser, encuentro algo casi humano. 

Suelen aparecer una y otra vez en mis relatos. De forma insistente. A veces en primer plano, a veces como sombras al fondo. Les tengo cariño. A todos. Incluso a La Poseída. Porque al final, creo que cada uno de ellos es un espejo roto de mí mismo. Y cuando los junto, el reflejo no es perfecto, pero es mío. 

Sor Imprudencia es mi impaciencia. El Marqués es mi desencanto. Antoñita es mi miedo a dañar. Y La Poseída es todo aquello que callo para que los demás me sigan queriendo. 

Así que sí. Son arquetipos. Son alter egos. Son inventados y verdaderos a la vez. 

Y mientras yo pueda teclear historias, ellos seguirán aquí. Discutiendo en el convento, paseando por salones vacíos, ofreciendo galletas al lobo, conspirando desde su torpeza. Porque al final, escribir es eso: poblar el silencio con caras conocidas. Aunque esas caras sean, en el fondo, la nuestra. 

Pedrete Trigos 

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