En Estepa, hasta los gatos llevan el barrio en el alma y en el pelaje.
Mi compañero, José Luis Trilling, es la prueba viviente —y ronroneante— de que esas identidades que forjamos los humanos trascienden lo meramente anecdótico. Impregnan todo. Incluso el carácter de un felino.
Él nació, con toda la precisión histórica que un minino puede tener, en el solar de "La Cortesa Vieja". En la calle Santa Ana, a un paso de la iglesia del Carmen. Es decir, vino al mundo en el corazón geográfico y espiritual del barrio mondonguero.
No pudo elegir un pedigrí más auténtico.
Desde el primer día, su comportamiento confirmó su linaje. José Luis Trilling no es un gato cualquiera. Es un señorito del centro. Posee esa elegancia despreocupada y ese orgullo innato que parecen beber del ambiente mismo de las calles donde el comercio fue próspero. Donde las morcillas y los chorizos marcaban el ritmo de una economía boyante.
Mientras yo, su humano, me afano con la aguja y la tela —oficio heredado de la humildad de un barrio trabajador, oficio de corachero aunque no me guste el apodo—, él despliega una ociosa aristocracia. Su día transcurre entre largas siestas ceremoniales en su cunita granate —un trono a su medida, ni más ni menos— y la emisión de discretas, pero firmes, demandas de alimento.
No suplica. No maúlla con urgencia. Él emite. Es un sutil aviso al personal de servicio.
En sus ojos verdes, de un tono profundo como el de los olivares antiguos, no hay rastro de servidumbre. Hay, en cambio, la tranquila certeza de quien está en su lugar legítimo. Como si el mundo, simplemente, hubiera sido ordenado para su comodidad.
Una vez intenté cambiarle la marca de las latas. Error de principiante. Me miró durante diez minutos seguidos sin pestañear. No comió durante horas. Y cuando al fin cedí y le puse su comida habitual, él se acercó despacio, olfateó el plato con fingida indiferencia y, antes de empezar a comer, levantó la vista hacia mí. Esa mirada decía: "Que no vuelva a ocurrir".
No ha vuelto a ocurrir.
Esta pequeña crónica doméstica me sirve para reflexionar sobre cómo las identidades que debatimos los humanos —churreteros, mondongueros, coracheros— son en realidad fuerzas telúricas. Moldean hasta los detalles más cotidianos. Incluso el carácter de un gato.
Mi José Luis Trilling, sin haber leído una sola acta municipal ni una copla, encarna el estereotipo del mondonguero: seguro, establecido, con cierta altivez graciosa. Él no entiende de esfuerzos. Él entiende de derechos adquiridos por nacimiento. Nació en un barrio bien, oiga. Y eso no se negocia.
A veces, mientras lo observo dormir plácidamente en su cunita granate —con la panza al sol, una pata colgando sin ningún pudor—, pienso que José Luis Trilling es el guardián más fiel de una esencia. En un mundo donde las fronteras barriales se difuminan, donde los oficios antiguos se transforman y los jóvenes ya no saben qué era un churrete, él permanece inmutable.
Un fósil viviente de la distinción mondonguera.
Es un recordatorio peludo y entrañable de que la historia no solo se escribe en los libros o se canta en las ferias. A veces, ronronea en un rincón. Pide una golosina con maullido imperioso. Y, con su mera presencia, reafirma que en Estepa hasta el último rincón, hasta el último solar, tiene una memoria y un carácter que lo definen.
Y a mí, simple artesano de la aguja —corachero de nacimiento—, no me queda más que servir a este pequeño y elegante monarca. Heredero involuntario de un orgullo que los humanos hemos tardado siglos en convertir en motivo de fiesta.
Así que nada. Cuando pasees por Estepa y veas un gato gris con aires de grandeza, con la mirada fija en el horizonte como si el horizonte le debiera algo, ya sabes. Inclínate levemente. Es probable que sea un Trilling.
Y si no lo haces, te mirará con esos ojos verdes de olivar antiguo. Y no volverás a dormir tranquilo.
Pedrete Trigos
















