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domingo, 23 de agosto de 2026

De bellotas y mostachones: la memoria que alimenta

 


Toda esta travesía por iglesias, camarines barrocos y rivalidades de barrio. Todo este tapiz de Estepa que intento tejer con palabras tendría un hueco en el centro si no incluyera estas historias. 

No las de piedra. Sino las de carne y hambre. 

Porque detrás de cada torreón que perdura, hubo personas que apenas podían sostenerse en pie. Y mi origen, el suelo verdadero sobre el que camino, no está solo en la piedra de La Coracha. Está en el silencio de una casa de la callejuela Murillo. Y en el llanto mudo de una mujer cosiendo. 

 



Mi abuela Nati —la de las magdalenas y las manos sanadoras, la que me llamaba "cabezón" con el puño cerrado— vivió de alquiler en media Estepa. 

En una de esas casas, en la Murillo, ocurrió una escena que mi padre me contó sin dramatismo. Como quien cuenta el tiempo que hizo un jueves cualquiera. 

Él, un niño recién vuelto del colegio, rebuscó en la cocina con el hambre pegada al estómago. Buscó pan. No había. Buscó después los frutos secos que a veces tostaban en la estufa, tal vez unas bellotas. Tampoco había. 

Entonces, con una resignación que a mí me parte el alma al imaginarla, se encogió de hombros y dijo: 

—Bueno, pues entonces me voy a poner a leer. 

Mi abuela, sentada en una silla baja, con la aguja y el hilo en las manos, no dijo nada. Se puso a llorar en silencio. Las lágrimas cayendo sobre la tela que remendaba. 

De ahí vengo yo. 

De ese niño que transformaba el hambre en letras. De esa mujer que solo podía ofrecer un llanto como respuesta. Es la misma raíz de la que brota mi madre, aquella niña que se quedaba en cueros en la cama de la calle Cuesta porque solo tenía un vestido. 

No hay mármol que pese tanto como esa imagen. No hay marquesado que la cubra. 

 


Pero en esta memoria de carencia, también brilla un destello de dulzura. Robada al azar, como quien encuentra un tesoro en el suelo. 

Ese mismo abuelo herrero —el de las manos forjadas en el fuego, el de la forja que también moldeó a esta familia— llegó otro día a casa con un paquete de mostachones. 

No eran un lujo comprado. Eran un regalo del suelo. Se le habían caído a un vendedor ambulante y él, José Trigos el herrero, los recogió. 

Imagino la escena. La austeridad de la casa. El papel arrugado del paquete. El aroma a almendra y miel de esos dulces rústicos que, como ya conté, son típicos de la Cuaresma estepeña. 

En ese gesto —recoger lo desechado y convertirlo en fiesta familiar— hay toda una filosofía de resistencia. 

No quiero que se me olvide nunca. No quiero renegar ni del hambre de las bellotas ni de la dulzura inesperada de los mostachones. Son las dos caras de la misma moneda. Pobre y digna. 

 

Por eso escribo. 

Este proyecto empezó queriendo rescatar la torre de la Victoria o los mármoles de los Remedios. Pero se ha transformado en algo más urgente: un acto de justicia filial. 

Escribo para que la niña sin bragas y el niño sin bellotas no se disuelvan en el olvido. Escribo porque lamento no poder seguir preguntando a mis mayores. Porque los nombres y los motes empiezan a difuminarse, y solo la tinta puede fijarlos. 

En el contraste está la verdad completa. "Ancá la marquesa", con sus aldabas de mono y su poder vicarial, es una historia. Pero la callejuela Murillo, la estufa fría y el llanto sobre la costura, esa es mi historia. 

La que me ata a este pueblo no con la cuerda dorada de la heráldica, sino con el hilo fuerte y sencillo del sufrimiento y la ternura compartidos. 

Este es el legado que debo dejar: la memoria íntima como patrimonio último. El recordatorio de que antes de los santos de piedra, aquí hubo santos de carne. Que salieron adelante con poco más que un suspiro, una aguja y, a veces, un mostachón milagroso recogido de la tierra. 

 

Ahora, cuando como un mostachón, no lo hago por glotonería. Lo hago por memoria. Porque en cada bocado hay un pedazo de ese niño que leyó en lugar de comer. Y de esa mujer que lloró cosiendo. 

Y cuando el hambre aprieta —porque hay hambres que no son solo de pan—, recuerdo a mi padre encogiéndose de hombros y buscando refugio en un libro. 

Esa es mi herencia. No el palacio. Sino la biblioteca hecha de necesidad. No el título nobiliario. Sino la dignidad de quien transforma la carencia en lectura y las lágrimas en costura. 

Gracias, abuela Nati. Gracias, padre. Gracias, madre desnuda en la cama de la calle Cuesta. 

De ustedes vengo. A ustedes escribo. Por ustedes no me callo. 

Pedrete Trigos 

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuento XV: LOS POSTIGOS

 De niño, las respuestas me llegaban en migajas: "¿Por qué los postigos están siempre cerrados?” Y por respuesta siempre el silencio. Y un miedo que olía a pan reseco y humedad de sótano. 



Afuera, las calles llevaban nombres de poetas fusilados; adentro, “los años del hambre” solo se nombraban con el crujir de una alacena vacía. 

A migajas pude hilvanar la historia de mi familia. Con silencios que hablaban más que las palabras. Pero también aprendí que la memoria vive en los objetos: 

—Un escapulario donde el sudor borró el rostro de una Virgen. 

Mi abuela lo mandó bordar a las monjas del pueblo, mientras alguien cantaba "Si me quieres escribir" en la trinchera donde mi abuelo olvidó su juventud. 

Hoy cuelga en mi cama junto a un rosario gastado: dos amuletos contra una guerra que no viví, pero que me habita. 

—La fotografía de un bebé regordete. “Es tu padre”, me dijeron. La enviaron por correo a un hombre que tal vez ya era solo un nombre tachado en un listado militar. 

En esta casa, los recuerdos son cartas que nunca llegaron a destino. 

Y también los silencios al querer saber sobre la historia de mi pueblo. 

Hubo unos niños a quienes raparon el pelo al cero en la plaza del pueblo. Los llamaban por su apodo familiar, como si el nombre propio fuese un lujo prohibido. Muchos años después, una avenida lleva ese mote —terrenos cedidos cuando el régimen agonizaba—. Cada vez que paso, veo a aquellos niños que fueron: cabezas rapadas, hombros diminutos, y una hilera de vecinos arrojándoles tomates podridos. La infancia puede ser un campo de batalla en medio del miedo y el fanatismo. 

En una visita a un cementerio, bajo lonas azules, vi sombras que el tiempo no sepultó. El guía nos hablaba de cifras y fechas, pero yo sentía el olor a tierra recién removida y al pan rancio de 1939, mientras una arcada me revolvía las entrañas. 

Allí yacen tres mujeres que se negaron a caminar hacia su fusilamiento. Prefirieron morir de pie en su celda, y por eso las arrojaron a la fosa como sacos vacíos. Uno de muchos “no” en nombre de la libertad. Un grito de mujeres ahogado en cal viva. 

Guardo estos fragmentos como quien guarda semillas. Cómo la historia del bisabuelo que escondió a un perseguido por el bando contrario, porque en su cortijo la humanidad era más antigua que las ideologías. 

Migajas, fragmentos sueltos con los que trato de crear una colcha de mil retales. Para ver si así consigo comprender el pasado. 

Por eso pregunto a los muertos lo que los vivos callaron. Sus respuestas son el viento en los postigos mal cerrados, el crujir de un rosario en la penumbra, el olor a tierra recién removida en fosas repletas de silencio. 

Escribo esto desde una plaza con nombre de poeta mártir, a pocos pasos de una Avenida que lleva por nombre el mote de una familia represaliada. 

No busco culpables: busco que la tierra no repita su gemido. Por eso cuelgo escapularios y rosarios, rezo a dioses en los que no creo, y dejo la ventana abierta por las noches. 

Porque sé que la memoria no es rencor: es la raíz que evita que el árbol caiga sobre las mismas grietas. La memoria no es un ataúd, sino un puente. 

Ese niño que preguntaba tras los postigos cerrados hoy escribe para que los que vendrán no tengan que vivir entre sombras. 

Escribo porque aquellos niños murieron sin decir que les arrancaron la infancia. 

Escribo porque mi abuelo nunca contó qué vio en la trinchera. 

Escribo porque bajo las lonas de aquel cementerio aún gritan muchos cuerpos. 

No busco culpables, no: busco que el futuro sepa que el miedo tiene olor a tierra mojada y pan rancio. 

Escribo porque descubrí que recordar no es vivir en el ayer: es plantar un árbol en la grieta de un bombardeo. 

Hoy, los postigos siguen ahí. Pero por fin, nos atrevemos a abrirlos para que entre la memoria. 

El Caballero Metabólico