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lunes, 9 de febrero de 2026

Una encrucijada de pasiones: Eligiendo mi propio camino

 La divulgación histórica ha sido, durante años, una de mis grandes pasiones. Me acerqué a ella a través de la recreación histórica, un mundo fascinante donde, lo confieso, siempre me sentí un poco desubicado. Mi corazón latía más fuerte no por el evento festivo, sino por el deseo de comprender y compartir las historias que hay detrás de cada prenda, cada costumbre, cada piedra.

Sin ser historiador profesional, sino un eterno aprendiz con curiosidad de amateur, siempre vi en la divulgación un puente maravilloso. Sin embargo, con el tiempo, ese puente comenzó a sentir el peso de unas expectativas —propias y ajenas— que lo hacían tambalear. La presión por formalizar conocimientos, por convertir una ilusión en un currículum, fue apagando lentamente la chispa. El año pasado, con una mezcla de alivio y tristeza, tomé la decisión consciente de dar un paso al costado.



La vida, no obstante, tiende a poner a prueba nuestras resoluciones. Hace apenas una semana, me tendieron una mano hacia una oportunidad de ensueño: impartir un taller en un Museo de Madrid, centrado en el vestuario femenino de la época de Eugenia de Montijo. La propuesta era un honor, y el entusiasmo inicial —eclipsado por la magnitud del escenario— me llevó a decir que sí casi por reflejo.

Pero tras la euforia vino la calma, y con ella, una claridad rotunda. En esta semana de reflexión, he escuchado a mi interior con atención, y su mensaje es sereno y firme: no tengo ganas. No de aprender, ni de descubrir, sino de embarcarme en la maquinaria que conlleva este proyecto: la investigación dirigida, la presión por memorizar, la energía que exige enfrentarse a un público cuando mi fuelle creativo apunta en otra dirección. Reconocer esto no es flojera, sino honestidad. Y ser honesto, a veces, es el acto más valiente que podemos practicar. 



Porque he encontrado mi verdadero puerto. La satisfacción serena que me dan mis blogs es hoy mi norte. Este diario íntimo de Estepa, el blog de historia del vestido y el de historia general, son mis talleres sin paredes. En ellos, la documentación es un placer, no una obligación. Escribo por el mero goce de aprender y compartir, sin el peso de un guion que cumplir o un público que impresionar. La presión se esfuma, y solo queda el diálogo puro con la curiosidad.

Sí, todo cambia. Y ese cambio no es una derrota, sino la prueba más clara de que estoy vivo y evolucionando. Prefiero la calma de la escritura reflexiva, el aprendizaje a mi ritmo, la documentación sobre lo que me emociona genuinamente. He tocado un fondo, sí, pero no para quedarme allí, sino para impulsarme hacia una superficie nueva: la de la autenticidad.

Todo tiene su momento y su lugar. Y yo, ahora lo veo con nitidez, estoy encontrando los míos. En la tranquilidad de teclear estas líneas, en la profundidad de un paseo por el pueblo, en el recuerdo de una mercería ya desaparecida. ¿Demasiado cotidiano? Quizás. Pero a mí, me sobra y me basta.

Este no es un adiós a la historia, sino un abrazo más íntimo y verdadero a la forma en que decido vivirla y contarla. Desde la quietud, desde la raíz, desde la paz de saber que el camino, al fin, es mío.

Pedrete Trigos

sábado, 13 de octubre de 2012

Para Ilona.

    ¡Hola a todos!

    En un anterior post dedicado a la moda en siglo XVIII, Ilona mencionó que su casa de muñecas estará ambientada a comienzos del siglo XX, durante el periodo llamado "La Belle Époque". Supongo que todos conocéis su blog y sus maravillosos trabajos en arte floral en miniatura. Para quien todavía no conozca estas auténticas obras de arte, aquí os dejo el enlace: Mini Mun Loon. 


    Ilona mencionaba que le gustan este tipo de entradas dedicadas al estudio de la moda antigua, porque así le sirve de ayuda a la hora de reflejar mejor los ambientes. Así que esta colección de entradas dedicadas a la moda de ese momento, están dedicadas especialmente a ti, Ilona, espero que sean de tu total agrado.

    ¡Un abrazo enorme y feliz fin de semana!

La moda en la Belle époque. (Introducción).


    La Belle Époque (del francés: «Época Bella», con un matiz, además de estético, de pujanza económica y satisfacción social) es una expresión nacida antes de la Primera Guerra Mundial para designar el periodo de la historia de Europa comprendido entre la última década del siglo XIX y el estallido de la Gran Guerra de 1914.

    Esta designación respondía en parte a una realidad recién descubierta que imponía nuevos valores a las sociedades europeas (expansión del imperialismo, fomento del capitalismo, enorme fe en la ciencia y el progreso como benefactores de la humanidad); también describe una época en que las transformaciones económicas y culturales que generaba la tecnología influían en todas las capas de la población (desde la aristocracia hasta el proletariado), y también este nombre responde en parte a una visión nostálgica que tendía a embellecer el pasado europeo anterior a 1914 como un paraíso perdido tras el salvaje trauma de la Primera Guerra Mundial.


    Socialmente fue un período durante el cual el sistema de clases sociales fue muy rígido. Sin embargo, los cambios económicos y sociales ayudaron a crear un ambiente en el cual había más movilidad social que en el pasado. Estos cambios incluyeron un creciente interés en el socialismo, una mayor atención a la situación apremiante de los pobres y el estatus de la mujer, abarcando temas como el sufragio femenino, conjuntamente con el incremento de oportunidades económicas causadas por la rápida industrialización. Estos cambios fueron acelerados debido a las repercusiones de la Primera Guerra Mundial. Las clases bajas, como en períodos anteriores, fueron segregadas de la sociedad aristocrática y mercantil, manteniendo una vida alejada de los lujos disfrutados por otras clases sociales.


    La era estuvo marcada por cambios significantes en la política a medida que sectores de la sociedad que habían sido ampliamente excluidos del ejercicio del poder en el pasado como los obreros plebeyos y las mujeres, se volvieron cada vez más politizados. La guerra selló el final del período a medida que el estilo de vida, con su inherente desbalance de riqueza y poder, se volvieron altamente anacrónicos a la vista de una población sufriente que se enfrentaba a la guerra, y la era fue expuesta a los nuevos medios de comunicación que despreciaron las injusticias de la división de clases.

La moda en la Belle Époque. (I Parte).




    En el Siglo XX las guerras y las revoluciones sociales trajeron cambios definitivos en la industria de la moda. El cambio más importante quizás haya sido la lucha de la mujer contra las restricciones políticas y sociales, esto indiscutiblemente se manifestó en la relación femenina con el vestuario. Es así que en los primeros años del siglo XX desapareció el corsé y volvió la silueta natural de la mujer pudiendo mostrar sus piernas.

    A comienzos del siglo XX la moda empezó a crear nuevas tendencias acordes con el inicio de un nuevo siglo. Se impuso la silueta en forma de S, la cual se lograba con un corset bastante entallado que empujaba el busto hacia arriba y hacía la cintura mucho más estrecha, lo que hacía difícil respirar a las damas. Una época en donde los cánones de belleza imponían ciertas características para parecer mujeres ideales, así muchas mujeres para lograr este ideal llegaban a poner en riesgo su salud. 

    Las faldas eran ajustadas en las caderas y se iban ensanchando en forma de campana hasta llegar al suelo. También durante esta época nacieron los trajes sastre y los vestidos de corte con cierta influencia masculina para las mujeres que ya empezaban a insertarse en el mundo laboral de esos tiempos. Los cuellos altos dieron paso al escote en "V" y las faldas se acortaron levemente, dejando al descubierto los tobillos, cosa que también causó estupor en la época porque durante siglos las piernas femeninas habían sido el símbolo erótico que "provocaba la lujuria en los hombres" y que por lo tanto, debían ser escondidas. Hasta esa época los vestidos eran bastante largos, llegaban hasta el suelo y no permitían ver los zapatos.



    El peinado femenino tiene un importante papel, todas las mujeres quieren tener largos cabellos para poder realizarse recogidos y moños, en los que muchas veces se añaden grandes extensiones, los colores que más se llevan son los castaños, pelirrojos y en general tonos oscuros, los rubios son vistos como más vulgares. Aparte del recogido en sí (que suele ser en forma de hongo, ondulado, o con toques griegos) se suele adornar con multitud de tocados sombreros y joyas. Por su parte, las plumas y los encajes aparecieron con muchísimo éxito durante esta época, sobre todo en los grandes sombreros que se diseñaban con múltiples ornamentos. Las pamelas son el complemento ideal para las mañanas de paseo, con dimensiones espectaculares y grandiosos adornos tales como plumas, rafia, tules, lazos... para una noche de gala, lo más usado entre la alta alcurnia son las tiaras de brillantes, los tocados de plumas y marabú, e infinidad de cintas y lazos. Claro está, esa moda sólo podía ser seguida por las altas clases de la sociedad, en especial de Inglaterra y Francia. El cabello, que hasta entonces lucia ondulado comenzó a peinarse con raya al estilo Lillian Gish, que para entonces era el ideal a seguir por las mujeres. 



    Los zapatos se llevan abotinados con tacón de carrete y con el empeine bastante marcado, desde el mítico botín blanco y negro de botonadura, hasta los diseños más innovadores y coloristas, adornados con lazos o flores.


    Las joyas, gozan de ser uno de los complementos estrella de esta época, una época de esplendor para algunos, en la que se pueden permitir el lujo de encargar las más extravagantes y enormes joyas, desde pendientes, tiaras, diademas, sortijas, brazaletes y collares, tan espectaculares como el diamante HOPE.

    A partir de 1908, la moda ya no fue tan incómoda y la cintura dejó de marcarse tanto y se puso de moda el talle imperio, inspirado en la época de Napoleón. Asimismo se produjo un cambio rotundo en la moda, influenciado por el "Ballet Ruso" que recorría los escenarios europeos surgiendo así un gusto por lo oriental. Los colores llamativos reemplazaron la hegemonía de los tonos pastel y las faldas largas. Bailarinas como la sensual Isadora Duncan y la enigmática Mata Hari, se transformaron en íconos de belleza seguidos mundialmente. Gracias a esta nueva moda las mujeres se atrevieron a desafiar los sólidos principios morales que las ataban y comenzaron a mostrar el cuerpo, lo que por supuesto no fue posible sin el escándalo eclesiástico y machista de por medio. 

    Poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, se empieza a usar una sobrefalda a la altura de la rodilla a fin de dar vuelo a los vestidos que se utilizaban algo entallados. Asimismo los sombreros se redujeron un tanto en sus dimensiones y surgen desde entonces las primeras marcas de ropa deportiva, exclusiva para aquellos que gustaban de practicar el patinaje, esquí o tenis. Las clases altas adoptaron actividades de ocio como el deporte, causando un acelerado desarrollo de la moda, que fue generado por la alta demanda de ropa más flexible. Los ajustados corsés, o corpiños fueron modificados, y gradualmente su uso diario fue abandonado.

    No estaba bien visto lucir la piel morena, (ya que así lucía la clase trabajadora tras pasar largas jornadas a la luz del sol) por este motivo utilizaban sustancias muy peligrosas para blanquear la piel que contenían plomo o arsénico. Llegaban a marcarse aun más el color de las venas para que no se dude de su delicadeza cutánea. Una década en donde el uso del maquillaje era habitual, pero el resultado deseado era muy natural. Helena Rubinstein proponía polvos rosas para dar un aspecto más saludable. Por otro lado Elisabeth Arden abre su primer salón de belleza en donde proponía a las damas de la alta sociedad tratamientos faciales para mejorar la calidad de la piel. Las dos mujeres de la belleza sacaban al mercado novedosos productos que fueron muy bien aceptados por las mujeres. Durante la guerra, no estaba bien visto malgastar dinero en maquillaje, así que solo usaban un poco de labial rojo y vaselina que aportaba brillo a los párpados. 



    Los diseñadores de moda en esta época fueron Worth, Paul Poiret, Mariano Fortuny, Jacques Doucet, Jeanne Lanvin y Jeanne Paquin, Leon Bakst, Lucille, Edgard Molyneux, Jean Patou o Madeleine Vionnet.

La moda en la Belle époque.(II Parte).



    En 1914 llegó la Primera Guerra Mundial. De dimensiones escalofriantes y trágicas consecuencias para el viejo continente, terminó por completo con la farándula y el lujo de la moda francesa e inglesa, donde se encontraban las grandes casas de alta costura. Una vez finalizado el conflicto, en 1918, la falda campana dio paso a los cortes rectos, "tipo tubo". El tan utilizado corsé cambió de estrategia, ya que si antes se había usado para levantar el busto, ahora lo hacía para disminuirlo. El "corsé alisador" y los vestidos acinturados en la cadera, dibujaron el nuevo tipo de belleza y de mujer, las que buscaban parecerse más a los muchachos que a las antiguas beldades femeninas. Así surgió la mujer estilo “Garçon”, quienes para lograr más aún el parecido con los hombres, se cortaron el pelo y perfilaron las cejas, comenzaron a salir a bailar y se borraron los antiguos patrones sociales que diferenciaban las clases. Ahora hasta era bien visto ser amiga o parecerse a las cortesanas de "vida alegre". 


    En plena época de post guerra y representando a esta nueva generación de mujeres independientes y modernas, apareció la mítica Coco Chanel. Su estilo cómodo y práctico representaba la revolución femenina y la economía que debía surgir en época de recesión. Por esta razón, introdujo materiales más simples y baratos que el chiffon, el tul y la seda. Creó entonces los trajes de punto, tejidos finos que otorgaban más y mejor flexibilidad para la nueva mujer, la que además ponía énfasis en la práctica deportiva, incentivada por la reciente costumbre de ocupar el tiempo en algo útil. La mujer ya no era una utilidad en sí, sino que "hacía" cosas útiles. 



    El final de la guerra hizo que muchas cosas cambiaran, repentinamente todas las mujeres deseaban lucir enigmáticas y peligrosas. Se cortaban el pelo de manera muy masculina, destacaban los ojos con kohol y los labios de rojo intenso. Ahora la mujer estaba envuelta con un halo de encanto, sensualidad y misterio. Los hombres sucumbían frente a esta belleza madura de movimientos felinos y mirada dormida; la mujer sacaba provecho de su cuerpo y no lo ocultaba por prejuicios moralistas. 


    Para considerarse chicas modernas, las mujeres debían lucir el corte a lo chico, pero los hombres no aceptaban esta moda. Este corte podía llevarse tanto con el cabello lacio u ondulado, algunas lo adornaban con una cinta en la frente. El maquillaje se usaba muy recargado sin importar que se viera artificial, los ojos negros, la boca roja y las cejas cuidadosamente perfiladas en forma semicircular. El principal objetivo de este look era la provocación. Fue esta una época donde se decía que las mujeres parisinas habían descubierto el secreto de la seducción. 


    Por primera vez en la historia de la moda los vestidos de día eran tan cortos como los de noche, ¿y qué se llevaba debajo? La prenda más usada era una combinación de algodón color crema compuesta por un corsé y un sujetador para disimular los pechos, con tirantes ajustables, parte delantera bordada, partes laterales y traseras elásticas, cierre lateral con corchetes y cuatro portaligas ajustables. Todo esto estaba confeccionado con un nuevo material: el rayón, ligero, barato, y fácil de lavar. La contribución a la emancipación de la mujer que supuso librarse de indumentarias de varios kilos de peso es enorme. Los aparatosos sombreros de la belle époque quedaron definitivamente desterrados de los armarios, ahora eran tan minimalistas y elegantes como la silueta y los vestidos. La imagen de la década fue el pelo a lo chico, y las que no querían desprenderse de su melena no podían considerarse chicas modernas. La imagen se completaba con ojos con gruesas rayas negras, boquita de piñón de un rojo intenso, y cejas cuidadosamente depiladas. Maquillarse o darse polvos en público se consideraba extremadamente elegante. El maquillaje debía ser muy recargado, no importaba que resultara artificial. 


    La verdadera creación de la época fue el rimel resistente al agua, tanto Elisabeth Arden como Helena Rubinstein se atribuían la invención. De esta forma esta feroz competencia hizo que el mercado de la cosmética creciera rápidamente. A ellas se suma Max Factor, maquillador de teatro y de varias estrellas de cine. Por su parte Coco Chanel mostraba su morena piel consiguiendo así gran cantidad de imitadoras, según ella la palidez extrema era solo para los pobres que trabajaban encerrados día y noche. Josephin Baker fue la encargada de revolucionar los cánones de belleza por su estilo y piel negra que comenzó a considerarse hermosa y delicada. 


    La silueta de la mujer se hace completamente lisa por la parte superior, de forma que el look unisex o andrógino se generaliza. Se consigue no marcar pecho ni cintura, por medio de los corsés alisadores. Se elimina la falda larga de la década anterior y la sobrefalda que se lleva sola, pierde su vuelo. Look garçon, pelo corto a lo chico, axilas y piernas depiladas. Chanel impone las prendas unisex como el jersey. Se llevan vestidos enteros con flecos y bolsitos pequeños. Las prendas se acortan por encima del tobillo, y la década acaba con el corte de pelo “Eton”.



     Los zapatos están pidiendo a gritos pasarse la noche bailando, por lo que están diseñados para que no resbale el pie fácilmente. El calzado sujeto al tobillo con una tira constituye la esencia de los dorados años veinte, la década de las fiestas desenfrenadas y los maratones de baile. 

Ejemplos de vestuario de la Belle époque.

(Vestuario de la década de 1910)





(Complementos de la década de 1910)




(Zapatos de la década de 1910)





(Vestuario de la década de 1920)





(Sombreros de la década de 1920)




(Zapatos de la década de 1920)